Perro Muerto

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Si hay algo que no deja de sorprenderme, es la capacidad de la mente para interpretar imágenes, sonidos, texturas, olores, sabores; y, a partir de ellos, evocar todo tipo de situaciones y sentimientos del pasado.

Hace algunos días fuí a ver una obra de teatro. Hacía mucho que no iba a ninguna y ese día conseguí ir sola. Me senté en aquella sala sin saber lo que me esperaba.

Dicen que “Perro Muerto” trata un poco de la conquista del territorio, de lo “propio”, de la violencia que implica esa propiedad, su origen y consecuencias. Tiene una cadencia especial en los diálogos, en el movimiento, en las interacciones entre personajes, música y elementos. Desde el inicio me sentí rara. Primero pensé que era por ese ritmo tan peculiar que cobra cada vez más importancia a medida que transcurre el tiempo. Pero no era eso, era algo más, era como recordar una sensación familiar, como desempolvar algo refundido en un cajón.

Me gusta cuando una obra me hace pensar, pero cuando me hace pensar y sentir, es otra cosa. Allí estaba yo, mirando escenas que nada tenían que ver conmigo (en apariencia) pero que se sentían tremendamente cercanas. Qué incómodo, qué fastidio no poder encontrar qué era eso… Hasta que, de golpe, me llegó. Claro pues, te pega porque así te pasó, así te pasa siempre.

Perro Muerto me llevó de vuelta a tantas luchas, literales y simbólicas, que sentía un torbellino en la cabeza. Con el paso de los días, como el buen vino, fue decantando hasta dejarme saborear bien la experiencia: Migrar, no más. Lo mío. Mío.

Trabajos, relaciones, situaciones, lugares. Cada decisión que tomamos nos enfrenta a esa lucha, a veces en un “matar o morir” despiadado, otras, como la gota de agua que orada la piedra. Pum… Pum… Pum… El golpe, el ancla a la realidad. Descubrí entre sus movimientos, entre sus palabras y acciones, fragmentos de tiempos pasados. Mis tiempos pasados. Cada vez que tuve que dejar un trabajo, cuando hubo que despedirse (demasiadas, demasiadas despedidas), cuando hubo que  dejarlo todo para empezar en una nueva tierra, cuando hubo que aceptar la enfermedad y encarar la maternidad.

Sí pues, era eso, el desarraigo y la lucha por echar raíces. Cada pelea por lograr una mejora profesional, cada vez que me puse a estudiar, cada vez que armé maletas y volé, cada adiós, cada error, cada dolor. Todo estaba allí, contenido en aquél espacio, en esos personajes, en esa música, en esas palabras. Esas tardes empezando en los Andes, donde me insultaban en un lenguaje que no entendía. Las burlas y amenazas, calumnias y maltratos de esos que pensaron que por mujer no podía manejar una oficina regional. Los abusos de un profesor misógino que me cerró las puertas a la investigación académica. El empezar una familia lejos de todo lo conocido y querido. La constante comparación con padres excepcionales que no están más. El peso de enfermedades y problemas propios y ajenos. La falta de tiempo y energía para dedicar a los proyectos que hace tanto sueño. Increíble. Todo eso fue saliendo uno a uno, como conejos de la galera de un  mago. Sí, esta obra tiene algo. Algo raro.

Sospecho que para quienes llevan una vida sosegada y sin sobresaltos, que prefieren mirar antes que hacer, Perro Muerto debe resultarles algo peculiar. Para los que han peleado con uñas y dientes por un espacio, por un lugar, por arraigarse de nuevo, esta obra es brutal; un cataclismo emocional que invita a la reflexión y a la autoevaluación, ¿migrar, no más? ¿Cambiar, no más? ¿Pelear, no más?

Desde ese día me rondan fantasmas, pero esta vez sé que son parte de mi y no me asustan más.

 

Perro Muerto, presentada por Omnívoro Teatro, escrita y dirigida por Martín Tufró, con Diego Starosta, Sofía Humala, Pablo Rinaldi y Julio Molina; los sábados a las 17:30 en El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034 CABA)

 

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Lluvia de Abrazos

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El domingo pasado salió el sol. Aprovechamos la mañana para ir al río y que el peque pudiera jugar un poco en los toboganes que son su adoración.

Mientras JM hacía correr a su padre por toda la plaza, yo los miraba sentada en una banca bajo un frondoso árbol. La semana, como tantas otras, había sido muy dura. Estaba cansada y adolorida, tratando de adelantar algo de trabajo y tener tiempo de familia al mismo tiempo. Sentía que poco a poco ese sol radiante dejaba de calentarme y empezaba a entrar en ese estado que tanto me molesta, en el que todo es “ni”, ni bueno ni malo, simplemente ni.

No me había dado cuenta de lo seria que estaba hasta que de unos buses escolares empezaron a bajar grupos de nenes. Rápidamente hicieron una ronda y empezaron a cantar, gritaron arengas que no lograba distinguir, y veía que traían pancartas de diferentes tamaños. Como estaba sin lentes, no lograba leer lo que decían los carteles, pero veía que se iban organizando grupos más pequeños con un par de adultos y media docena de chicos cada uno. Iban cantando, saltando, riendo. Poco a poco se fueron acercando y pude leer los carteles: “¡ABRAZOS GRATIS!”… grandes letras decoradas con pinturas de colores, brillos y dibujos anunciaban la mejor oferta que vi en mi vida.

Veía que mucha gente les decía que no, y los chicos iban cambiando las caritas llenas de alegría por ojitos tristes. Llegaron a unos pasos de mi banca, una de las mujeres que acompañaba al grupo empezó a decir: “Disculpá, estamos dando abrazos gratis”… ¡YO QUIERO! me sorprendí gritando… Las caritas se iluminaron en un instante. Me llovieron bracitos y manitas de todos los tamaños, me decían “que tenga un lindo día señora” y al terminar, dejaron una tarjetita para que no se me olvidara ser feliz.

A medida que se alejaban sentía que aparecía la sonrisa. Llegó el segundo grupo, y el tercero. Me llovieron abrazos esa mañana, y me llenaron de una alegría inexplicable. Ya sabía de los beneficios de un abrazo pero pocas veces había sentido el efecto inmediato y tan contrastante como esa mañana.

Se dice que los abrazos ayudan a incrementar la seguridad y la confianza; que reducen los sentimientos de enfado y apatía; que favorecen la felicidad y mejoran el estado de ánimo; que fortalecen el sistema inmunitario; que reducen el riesgo de padecer demencia; que rejuvenecen el cuerpo; que reducen la presión arterial, además del stress y la ansiedad; que relajan los músculos y protegen de las infecciones. Infinidad de estudios en todo el mundo han comprobado estos y otros beneficios físicos y emocionales de los abrazos, convirtiéndolos en medicina instantánea y efectiva para cuerpo y alma. La oxitocina que se libera con un abrazo produce una sensación de bienestar maravillosa y perdurable, sanadora y energizante. Entonces… ¿Por qué será que no lo practicamos más seguido? ¿Por qué nos negamos la posibilidad de estar mejor con algo tan fácil y económico? ¿Por qué no abrazamos más y renegamos menos? ¿Por qué no dejamos de llenarnos de pastillas y turnos médicos y nos apapachamos con sinceridad y cariño? ¿Por qué preferimos alejarnos de los demás en vez de acercarnos y sanar? Misterios de la naturaleza humana.

Abrazo de oso, de mejilla, de sandwich, de espalda, de corazón. Son muchas las clasificaciones que existen para un acto tan simple y tan poderoso, capaz de darle un giro al día más triste y a la emoción más oscura.

Debo recordarlo siempre y practicarlo más. Me voy, que tengo que ir a buscar al peque al cole y abrazarlo hasta que me diga “ya mami, yaaa”.

Hasta pronto, que te abracen largo y bonito. Sé feliz 🙂

Aquella foto

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Ph by Carlos Galiano

JM por @galiano1986

Ayer fue un día hermoso para caminar. Luego de una mañana intensa de compras y  tareas en casa, comimos algo y salimos de la mano rumbo a otra tarde en el cole. Teníamos la hora justa pero andamos con calma y disfrutando del camino. 

En una casa de rejas negras encontramos una tortuga que iba lento bajo el sol. Unos metros más allá, dos maripositas revoloteaban cerca de flores blancas y amarillas. Olía a jazmín y a semillas. Estornudamos. Seguimos andando hasta encontrar la planta de los caracoles, la casa de las semillas naranjas y la que tiene un buzón para las cartas con el dibujo de una paloma. Fuimos saltando entre charquitos de agua en baldosas sueltas y descubrimos un árbol con las hojas llenas de huequitos. Un par de gatos se cruzaron en el camino, pisamos los cuadrados pintadas de turquesa frente a la casa de colores y compartimos una moneda de chocolate.

Ayer JM entró feliz al cole y yo llegué a casa a avanzar con la lista interminable de tareas por hacer. Estaba buscando una foto para un trabajo pendiente y encontré la que comparto hoy aquí. El ojo experto de @galiano1986 capturó este instante en Lima, en una de esas reuniones que nos quedan cortas cada vez que podemos viajar a visitar a la familia. 

Esa tarde JM corría enloquecido, acalorado e imparable por la terraza. Yo estaba cansada, tan cansada. Me dolía todo y estaba enojada porque él no quería comer, no me hacía caso y varias semanas en el mismo plan me tenían al borde del colapso. Alguien sugirió llenar una batea con agua y probar si se quedaba allí. Santo remedio. Algo de paz al fin. Yo solamente quería dormir, agotada tras semanas intensas, física y emocionalmente al límite. No lograba relajarme y disfrutar el momento, siempre pensando en lo que podía pasar luego, incapaz de dejarme ir por un instante y simplemente vivir.

Esa noche me llegaron tres fotos que me sorprendieron. JM sonreía desde el celular con cada pedacito de sí. La felicidad se le salía por los ojos y se empezaron a inundar los míos. Yo no lo había visto. Me había perdido ese momento y muchos otros. Allí mismo tenía otra de esas lecciones de vida que cada día me da el pequeñín.

Qué peligro eso de tener un ojo pendiente del futuro. Casi tan malo como dejar de ver  para adelante por andar viviendo el pasado. Cuánto nos perdemos por andar en un tiempo que no corresponde, en un estado mental que no nos sirve de mucho, en una situación que nos consume a pesar de ser nosotros los que podemos mejorarla. Cuánto se nos va de vida, energía y ganas, en eso que no nos hace bien. 

Nada como el presente, como ponerlo todo en el ahora. Nada como esa colección de instantáneas irrepetibles, como esa inmensa sonrisa, como el segundo capturado en esta foto.

Me encanta esta foto. Me encanta por recordarme que no debo perder de vista mi hoy, la tortuga del jardín vecino, las semillitas de la vereda ni los charquitos. Amo esta foto por anclarme donde debo poner las ganas, por probarme una vez más que cada segundo cuenta, de que hay magia aunque a primera vista no lo parezca.

Me voy, que toca cocinar para salir luego al cole, con suerte encontraremos caracoles.

Tres años de locura

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Hoy, hace tres años, estaba ya cansada y adolorida luego de muchas horas de labor de parto y mucho maltrato obstétrico. Faltaban todavía algunas horas para que de un momento a otro nos llevaran corriendo a la sala de operaciones.

No fue amor a primera vista. No fue bonito ni feliz. No fue como en las películas. Llegaste para darle vuelta a nuestras vidas, de toda manera imaginable. Lloré y me frustré más estos últimos tres años que en cualquier otra etapa de mi vida.

Pero también he dado la mayor cantidad de abrazos y besos, he hecho el número más grande de tonterías y he aprendido algo cada día. Tremenda escuela, jodida, durísima. Felizmente que siempre me ha gustado aprender, si no, lo que sería🤦🏻‍♀️

Ser tu mamá es un reto constante, un desafío creativo, una prueba de límites y de fuerzas, un aprendizaje agotador. Ser tu mamá es extraordinario, aunque seguramente me equivoco a cada rato y muchas veces meto la pata, siempre tu sonrisa y tus besos le dan la vuelta a las circunstancias.

Eres un ser magnífico, sensible e inteligente, curioso y divertido, imparable. Tu energía es asombrosa y tu capacidad para la ternura es inagotable.

Desde que llegaste vivimos exhaustos pero jamás aburridos y cada día nos impulsas a crecer y a creer que sí podemos.

El futuro nos angustia cuando vemos las noticias y las billeteras, pero tus ojitos pícaros son la promesa de un hoy incomparable. Y allí queremos quedarnos siempre, en tu hoy, en tu presente resplandeciente y feliz.

Chiquito lindo, tantas veces nos enseñaste que el amor es poderoso, que se puede seguir aunque las fuerzas fallen y el dolor nos invada. Eres un gran maestro, una inspiración en frasco pequeñito.

Hoy, tres años después de ese día tan difícil, de esos miedos irracionales y esa soledad inmensa, sigues con nosotros llenando nuestros días de canas y risas, de juguetes y colores. Sigues siendo motor y motivo a pesar de las circunstancias.

Feliz cumpleaños JM, feliz feliz feliz siempre.

Con amor,

Mami❤️

La voz de jugar

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Desde hace un par de meses JM juega más concentrado, crea historias y canciones más largas y coherentes, inventa personajes y situaciones diferentes y muchas veces me deja asombrada. Algo que acompaña muchos de esos momentos tan peculiares, es lo que he bautizado como “su voz de jugar”.

Su voz de inventar historias, de crear y divertirse es aguda y llena de “efectos especiales”, es muy tierno escucharlo y sonreír inevitablemente al pasar por su habitación y verlo allí, feliz y disfrutando; o en la plaza en el arenero o sentado en el coche mientras paseamos juntos.

La voz de jugar. Me hizo pensar en tantas veces en las que no le permití a la mía crear desenfadada, sin pudores ni dudas; en las que le bajé el volumen para no escucharla aparecer tímida bajo el peso de la rutina y la “madurez”.

Viendo a este pequeñito crecer y aprender jugando, desarrollando su mente, creando estrategias e historias de todo tipo… no puedo evitar pensar ¿en qué momento empezamos a quedarnos en silencio?

Porque a esos que no se callan les decimos locos, idealistas, soñadores, estúpidos. Porque los que “somos grandes y serios” ya no nos permitimos esas licencias, esos momentos de absoluta felicidad y soltura.

Este nene no deja de asombrarme, cada día me enseña algo. Absorbe como una esponja y refleja casi a la perfección lo que aprende. Yo no quiero ser la causante de enmudecer esa voz que no le teme a nada, a la que le importa poco si es posible lo que enuncia o si es un sueño loco e inalcanzable. Al contrario, quiero darle alas y buen viento. Entonces, ¿si quiero eso para él? Por qué no me lo permito yo.

He empezado a dejar hablar más a esa voz, la creativa, la que se estresa menos y vive más, la que nunca tendría que haberse callado. No me resuelve la vida pero la hace mucho más divertida y feliz.

¿Y tú? ¿Que haz hecho con tu voz de jugar?

Para Ada en su cumple

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Hoy es el cumple de Ada. No sé cuántos cumple, pero quiero que los cumpla feliz.

Sé que tuvo el pelo azul, pero cuando la conocí, la melena ya era azabache y con un mechón tan distintivo que es imposible de ignorar. La chica del pelo azul, la chica del corazón de oro.

No voy a negar que cuando la conocí me sentí intimidada. Llegó a ese primer encuentro como un torbellino. Habló de tanto, trajo todo tipo de dibujos e ideas, y yo allí, que no entendía ni la mitad pero me sentía fascinada.

Con el tiempo la fui conociendo. Ada expresa lo que siente, lo que piensa, lo que vive. Con palabras, con lápiz y papel, con acciones concretas. Ada tiene un corazón inmenso, es voluntaria, es aprendiz, es mamá, es amiga, es artista, es esposa, es compañera, es detalles, es fuego puro.

Cuando Ada piensa mucho se enreda, se pone triste, se angustia. Cuando decide desenredarse es un proceso espectacular. Palabras, dibujos, brownies o marchas. Todo sirve, todo vale, todo suma y ella lo sabe. Y los que la vemos, la queremos más.

Los miedos de Ada son como los de cualquiera, pero la seguridad que ella cree no tener, es la de pocos. Se enoja y se ríe, se frustra y se emociona. A veces se cree insignificante, pero ella es un universo entero, tan lleno de misterios como de maravillas.

Qué suerte tengo de haberla conocido, tan hermosa por dentro y por fuera, tan real y contradictoria, tan genial, tan Ada.

Feliz cumpleaños a ti, una de las mejores bendiciones que tuve este año, una de las maestras, compañeras y amigas. Aunque te parezca poca cosa, tu presencia y tu cariño son el mundo.

Te quiero, Ada. Eso solamente. Feliz vuelta al sol.

La otra vida

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Arte de @aditacueto

Esta tarde tuve el placer de reencontrarme con las divinas del Taller de Historieta para Gente sin Tiempo que organiza Clara Lagos y, como siempre, salí con la mente dando vueltas. Entre charlas y cafés fuimos armando historias y desenredando emociones. Hoy, la genia de Ada Cueto nos enseñó algunos dibujos que hizo hace un tiempo. Uno de ellos, el que generosamente me permitió compartir con estas líneas, llamó poderosamente mi atención.

La imagen tiene infinitas lecturas, literales y simbólicas, y seguramente cada quién tendrá algo distinto en mente cuando la vea.

Para mí, es una representación bastante cercana a los sentimientos que me rondaron los últimos meses.

Luego de varios años de peregrinaje médico, finalmente me confirmaron el diagnóstico de Fibromialgia. ¿Qué es eso? – me preguntaron varios, y la verdad es que es una de esas cosas que se entienden cuando las vives. Como con muchísimas otras situaciones de la vida (salud, amores, emociones, etc.) las palabras no alcanzan para expresar las sensaciones, los sentimientos. Y por eso, esta viñeta de Ada me dejó con la lagrimita temblando en el ojo. Así me siento: Soy yo, mirándome al espejo.

Verás, hace décadas que se acumulan males y diagnósticos… desde migrañas y colon irritable hasta brucelosis y tiroiditis de Hashimoto; pasando por ataques de pánico y, claro, todo tipo de dolores y males aparentemente inexplicables y sin relación. Hace poco menos de dos meses, cuando estaba a días de cumplir los 41, empecé a sentirme cada vez peor. De pronto, los problemas estomacales se agravaron, masticar era insoportable, empezó a dolerme todo el cuerpo y de golpe, la rigidez fue mi compañera por las mañanas. “Dormiste mal, estás muy tensa, solamente tienes que descansar, está todo en tu cabeza, estás somatizando” y una larga lista de etcéteras, se convirtieron en la respuesta recurrente de quienes preguntaban por mi salud.

Quienes sufren enfermedades crónicas, tienen un diagnóstico complejo o inusual, luchan con una enfermedad mental o una condición física incapacitante, suelen encontrarse con comentarios de gente bienintencionada (o no tanto) que, muchas veces, no hacen más que profundizar el sentimiento de frustración y soledad que de por sí, su situación les provoca.

¿Qué sientes? – me preguntaron. Siento que me duele todo. ¿Pero qué te duele? TODO. No puede ser, ¿qué sientes? QUE ME DUELE TODO. Y entonces la cara de estatipaesunaexagerada, histéricademierda, hipocondriacabuscaatención empieza a dibujarse y una se queda allí, nadando en su propia angustia e impotencia, pensando que quizá era mejor morderse la lengua y decir que todo bien, que estoy contracturada y punto. Pero no, pues, NO. No es eso. Y si me preguntas cómo estoy, te voy a decir.

No sé qué es lo que sienten los demás, pero puedo contarte lo que he sentido yo.

En las peores semanas me he despertado llorando en mitad de la noche porque respirar duele. Tratar de girar en la cama es un reto que parece imposible cuando el cuerpo no responde, y si lo hace, te grita con un dolor agudo con el que descubres músculos que no sabías que tenías. El insomnio que a veces no da tregua. La rigidez de algunas mañanas me ha hecho caminar como robot durante horas, y ha sido un fastidio no poder levantar los brazos para lavarme el pelo, peinarme, lavarme los dientes, vestirme sola, cocinar, limpiar o doblar el brazo para levantar una taza y tomar un té. Es espantoso intentar comer y sentir que masticas vidrio, como si todas tus muelas estuvieran careadas. Envejecí de golpe y me arrugué como una pasa a pesar de las cremas, tuve brotes inexplicables en la piel y alergias que me llevaron a la sala de emergencia. Creo que una de las peores cosas fue la bronca por no poder cargar a mi hijo, por no poder abrazarlo, el dolor y la debilidad que no me dejaban ni cambiarle un pañal sin sentir que quería salir corriendo de mi cuerpo. Y él, con sus dos años y medio diciéndome “mami, no te preocupes, yo te cuido, yo te curo”, llenándome de abrazos y besos, trayendo una curita y repitiendo “soy tu ayudante mami, no llores”. Porque aunque tratas de comerte los mocos para que el nene no te vea hecha una piltrafa, a veces el cuerpo no te ayuda, el dolor te supera, las fuerzas te fallan, la mente no está en su mejor momento y se nota. ¿Qué iba a hacer?, no recuerdo… a ver, y si regreso sobre mis pasos quizá me acuerde… ¿de dónde venía?… Moverte duele, y no moverte duele más. Te explota la cabeza, te mareas, el estómago te da vueltas, no sabes qué estás haciendo, no sabes qué estás diciendo, no sabes por qué estás allí. Te preguntas si todo pasará en algún momento, si te sentirás mejor.

Por ahora tengo suerte porque no vivo en una etapa de crisis permanente. El dolor está allí, como un rumor… va y viene, salta de un lugar al otro, como un grupo de monos enloquecidos en un árbol que no puede quitárselos de encima. Saber que esto tiene nombre, que de verdad existe y que hay mucha gente que lo vive, me da una tranquilidad relativa. No tengo idea de lo que se viene, pero al menos ya sé qué esperar, aunque no sepa todavía cómo enfrentarlo. Hablar con otros en la misma situación ha resultado ser la mejor terapia y aprender acerca del tema me ayuda a re-entrenarme para hacer cosas que antes no me hubiera imaginado tan retadoras.

El dibujo de Ada caló hondo. Fue como verme en dos etapas de la vida: el antes y después; el ayer y el hoy. Y no quiero ese hoy, no quiero ser ceniza ni sombra, y en eso estoy trabajando. Voy a mi ritmo, a mis tiempos, un día a la vez. Voy sorteando comentarios “porque me veo bien” o “no parezco enferma”, porque hoy estoy sonriendo y entonces seguro “ya me curé y no era nada ¿ves?”; o navegando en el mar de recomendaciones y remedios que quienes quieren darme una mano van descubriendo por allí. Voy rogando no volver a resbalar las escaleras con el pequeño de la mano ni caer en la calle; voy caminando lento pero ahora más segura. Allí voy, aprendiendo, investigando y preparando mi estrategia para convivir con este asunto de la mejor manera posible. A mi manera.

Es increíble el poder de una imagen ¿no? Me parece asombrosa la carga simbólica que podemos darle a unos trazos en papel. Es maravilloso poder darle un significado y a la vez, un poco bizarro que alguien sin pretenderlo, te entienda mejor que nadie.

El consejo y la flor

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Hoy ha sido un día extraño. JM me acompañó al médico y luego a comer algo ligero.

Caminábamos a la parada de colectivos cuando pasamos por un kiosko de flores. “Mirá mamá, flores de colores” – me dijo – “muchos colores mamá”. La señora del kiosko, de pelo blanco y sonrisa bonachona, le dijo que la esperara, que le iba a regalar una. Él me miró sin saber qué hacer, no estaba seguro de quedarse, pero la curiosidad pudo más y esperó a que aquella señora reapareciera del fondo repleto de ramas y colores. Recibió la flor como quien recibe un tesoro, los ojazos abiertos y la sonrisa saltando de la cara. “Gracias”, le dijo a la señora, que en un ataque de ternura le preguntó si le podía dar un beso en el cachete y le estampó un “te quiero mi niño aunque no te conozca” con tal cariño que podría haber sido su abuela.

JM caminaba mirando su flor, la olía y giraba sonriendo feliz. No quiso que se la lleve, era SU flor, él iba a llevarla.

Cruzamos la avenida para llegar a la parada. Mientras esperábamos, se sentó a oler la flor y mirarla casi con devoción. Mi propia versión del principito y su rosa (aunque esta no fuera una rosa). Al rato, se bajó del asiento y se puso a mirar las figuras de trenes, autobuses y autos que el panel de la parada tenía dibujados. Un señor de ojos grises y pelo blanco se bajaba del colectivo con dificultad. Al llegar a nuestro lado se paró y de la nada me empezó a hablar. No esperó que le respondiera y se fue, caminando lentito y con los ojos inundados. El monólogo fue más o menos así: “¡Qué lindos son! aunque nos vuelvan locos ¿no?… hay que llenarlos de amor y pedirle al cielo, la vida o la divinidad en la vos creas que te de a vos y a tu pareja el tiempo y la salud que necesitan para verlo crecer, y llenarlo de amor, y romperse la cabeza pensando en hacerlo feliz. Y pase lo que pase, nunca dejar de decirle cuánto lo aman, lo importante que es para ustedes. Siempre decirle, siempre”. Y se fue. Se fue con la lágrima temblándole en el ojo y poniéndome varias entre las pestañas.

JM seguía feliz con su flor y sus dibujos, y yo quedé ahí, pensando en que en menos de diez minutos dos personas que nunca antes vi me hicieron un mimo al alma. Un mimo y un favor, porque entre tanto médico y tanta frustración a veces uno pierde el rumbo y confunde las prioridades. El miedo, el dolor, la angustia, el cansancio, la incertidumbre; tantas veces anidaron a sus anchas en mi espacio, tantas veces ocuparon mi tiempo, mi mente y mi corazón dejando casi sin lugar a lo importante. Sí, hoy hay certidumbre, queda el dolor y algo de angustia, pero ya no me comen la cabeza los miedos y las preguntas sin respuesta. Hoy hay flores y un consejo, que aunque no esperaba, llegó en el momento preciso.

Curiosa la vida ¿no?

Hermana, llega tu cumpleaños

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Chicuelas en la gran casa

Cuenta una leyenda urbana, que allá por agosto de1980, yo estaba por cumplir los 3 años cuando te llevaron a casa. Dicen, porque yo no lo recuerdo, que te di la bienvenida con un mimo en la cabeza con uno de los zapatos de papá. La verdad es que a estas alturas de la vida cada vez creo menos en esa historia que nos contaron hasta el cansancio y pienso que más bien, me atraparon justo antes de hacerte cariñito con una suela, jeje.

Confieso que a lo largo de estos 38 años no siempre te he querido igual. Podría ser, quizá, porque a pesar de ser la mente maestra detrás de cada travesura, jamás te castigaban y era yo la que terminaba renegando entre dientes. O porque agarrabas mis cosas, leías mis diarios (nunca más he podido escribir un diario REALMENTE privado, ¿gracias?) y me volvían loca tus burlas. Sé que durante mucho tiempo no fuimos amigas para nada, que quizá lo que definió algunos años de adolescencia (o muchos más) fue esa sensación de no caernos bien, el pelearnos por cualquier cosa, el no poder soportarnos durante mucho tiempo en un mismo lugar.

A medida que pasaron los años y fuimos creciendo, la vida nos agarró a palos y, felizmente, a pesar de tomar caminos muy distintos, empezamos a acercarnos, a descubrirnos otra vez como hermanas, amigas y cómplices. Nos unieron el dolor, la tristeza, la rabia, la impotencia. Empezamos a interesarnos menos en los dramas sin sentido y empezamos a darle valor a lo realmente importante. Descubrimos en medio del caos y los momentos más difíciles de nuestras vidas, que no éramos tan distintas como pensábamos, que nuestras diferencias dejaron de alejarnos y lograron complementarnos. Empezamos a cuidarnos más mutuamente, a estar allí para la otra, a compartir lo bueno y lo que podría haber sido infinitamente mejor, a aconsejarnos, a defendernos, a mimarnos. Nos hicimos compinches, y entonces, allí sí que se empezó a sentir la distancia, la geografía se empezó a convertir en un fastidio y más de una vez nos han sorprendido las ganas de teletransportarnos para estar allí para la otra, compartiendo momentos y recuerdos.

Te convertiste en mamá antes que yo y desde entonces has sido mi coach, mi cable a tierra, mi fan y mi crítica más constructiva. Sé que no siempre hemos tenido la relación más fácil o más linda, pero es genial que que podamos confiarnos cosas que hace un par de décadas ni siquiera hubiéramos soñado.

Quedan un par de horas para tu cumpleaños; ya grandes y sin tener que compartir torta y fiesta, te deseo hoy y siempre lo mejor de la vida: que cada tristeza se desvanezca, que cada dolor se vaya para no volver, que se multipliquen las sonrisas y bendiciones, que jamás te falte un pan (con queso, claro), que el amor te acompañe siempre, que el miedo no te impida seguir andando, que puedas lograr todo lo que quieras y más, que las fuerzas no se acaben, que encuentres salida a cada laberinto y que las papas fritas siempre te toquen crujientes y doradas.

Querida Ile, estoy segura de que aunque seamos un par de renegonas, cumpliremos eso que nos hemos prometido hace ya un tiempo: ESTAR. Cerca o lejos, pero estar. Pase lo que pase, para bien o para mal, ESTAR. Y creo que vamos por buen camino.

¡¡¡Muy feliz cumpleaños!!! Una vez más a la distancia, pero con el alma abrazándote y llenándote de amor.

Te quiero mucho. Hasta que nos volvamos a encontrar.

Las fieles

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¿Cuántos años humanos son siete años de calzado?

Hace unos días, mis fieles compañeras me dijeron “aquí me quedo”, mientras dejaban pasar un aire gélido por la malla rota y la comodidad que alguna vez tuvieron se desvaneció para siempre.

Hace siete años las encontré en un mercadillo en Cusco cuando empezaba, sin saber, una nueva etapa de mi vida. Me había divorciado y algo nerviosa apostaba por un nuevo comienzo. Nunca pensé que durarían tanto, que viviríamos tanto.

Empezaron su camino aventurero en el Valle Sagrado de los Incas, andando las piedras que tanto extraño. De pueblo en pueblo, subiendo montañas, bajando al valle, saltando charcos, subiendo escaleras, cruzando puentes.

Cuando me fui de aquél lugar maravilloso, viajaron en la maleta sin saber que la vida cambiaría en un suspiro.

Mojadas por el río Cañete en una escapada fugaz al sur de Lima, demostraron una vez más ser las mejores.

Aviones van, aviones vienen… pisamos el fin del mundo en aquél primer viaje a la Patagonia argentina: Ushuaia, Chaltén, Calafate. Glaciares, ríos, cascadas, bosques, turbales, lagunas, montañas. Kilómetros de kilómetros de kilómetros. Con el tiempo se convirtieron en compañeras urbanas sobre plazas, parques, concreto. Nació el pequeño y allí estuvieron, andando otra vez por el sur, San Martín de los Andes, Villa La Angostura, Junín de los Andes. Más plazas, más parques, más concreto.

Tanto hemos andado que parece mentira. Y sí, podría usarlos más, hasta que se parta la suela, me congele los pies o me llenen los pies de ampollas, pero creo que ya cumplieron su propósito y es hora de despedirse.

Aprovecho para despedirme de tantos sentimientos que asocio a esos siete años y que no quiero seguir llevando conmigo; para aligerar la carga con un “gracias, pero hasta aquí llegamos” y que con esas fieles amigas se vayan momentos oscuros, dolores profundos y tristezas agudas. Que solamente queden los recuerdos, y que, al visitarlos, sea con una sonrisa.

Gracias mis lindas, hasta aquí llegamos.