La otra vida

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Arte de @aditacueto

Esta tarde tuve el placer de reencontrarme con las divinas del Taller de Historieta para Gente sin Tiempo que organiza Clara Lagos y, como siempre, salí con la mente dando vueltas. Entre charlas y cafés fuimos armando historias y desenredando emociones. Hoy, la genia de Ada Cueto nos enseñó algunos dibujos que hizo hace un tiempo. Uno de ellos, el que generosamente me permitió compartir con estas líneas, llamó poderosamente mi atención.

La imagen tiene infinitas lecturas, literales y simbólicas, y seguramente cada quién tendrá algo distinto en mente cuando la vea.

Para mí, es una representación bastante cercana a los sentimientos que me rondaron los últimos meses.

Luego de varios años de peregrinaje médico, finalmente me confirmaron el diagnóstico de Fibromialgia. ¿Qué es eso? – me preguntaron varios, y la verdad es que es una de esas cosas que se entienden cuando las vives. Como con muchísimas otras situaciones de la vida (salud, amores, emociones, etc.) las palabras no alcanzan para expresar las sensaciones, los sentimientos. Y por eso, esta viñeta de Ada me dejó con la lagrimita temblando en el ojo. Así me siento: Soy yo, mirándome al espejo.

Verás, hace décadas que se acumulan males y diagnósticos… desde migrañas y colon irritable hasta brucelosis y tiroiditis de Hashimoto; pasando por ataques de pánico y, claro, todo tipo de dolores y males aparentemente inexplicables y sin relación. Hace poco menos de dos meses, cuando estaba a días de cumplir los 41, empecé a sentirme cada vez peor. De pronto, los problemas estomacales se agravaron, masticar era insoportable, empezó a dolerme todo el cuerpo y de golpe, la rigidez fue mi compañera por las mañanas. “Dormiste mal, estás muy tensa, solamente tienes que descansar, está todo en tu cabeza, estás somatizando” y una larga lista de etcéteras, se convirtieron en la respuesta recurrente de quienes preguntaban por mi salud.

Quienes sufren enfermedades crónicas, tienen un diagnóstico complejo o inusual, luchan con una enfermedad mental o una condición física incapacitante, suelen encontrarse con comentarios de gente bienintencionada (o no tanto) que, muchas veces, no hacen más que profundizar el sentimiento de frustración y soledad que de por sí, su situación les provoca.

¿Qué sientes? – me preguntaron. Siento que me duele todo. ¿Pero qué te duele? TODO. No puede ser, ¿qué sientes? QUE ME DUELE TODO. Y entonces la cara de estatipaesunaexagerada, histéricademierda, hipocondriacabuscaatención empieza a dibujarse y una se queda allí, nadando en su propia angustia e impotencia, pensando que quizá era mejor morderse la lengua y decir que todo bien, que estoy contracturada y punto. Pero no, pues, NO. No es eso. Y si me preguntas cómo estoy, te voy a decir.

No sé qué es lo que sienten los demás, pero puedo contarte lo que he sentido yo.

En las peores semanas me he despertado llorando en mitad de la noche porque respirar duele. Tratar de girar en la cama es un reto que parece imposible cuando el cuerpo no responde, y si lo hace, te grita con un dolor agudo con el que descubres músculos que no sabías que tenías. El insomnio que a veces no da tregua. La rigidez de algunas mañanas me ha hecho caminar como robot durante horas, y ha sido un fastidio no poder levantar los brazos para lavarme el pelo, peinarme, lavarme los dientes, vestirme sola, cocinar, limpiar o doblar el brazo para levantar una taza y tomar un té. Es espantoso intentar comer y sentir que masticas vidrio, como si todas tus muelas estuvieran careadas. Envejecí de golpe y me arrugué como una pasa a pesar de las cremas, tuve brotes inexplicables en la piel y alergias que me llevaron a la sala de emergencia. Creo que una de las peores cosas fue la bronca por no poder cargar a mi hijo, por no poder abrazarlo, el dolor y la debilidad que no me dejaban ni cambiarle un pañal sin sentir que quería salir corriendo de mi cuerpo. Y él, con sus dos años y medio diciéndome “mami, no te preocupes, yo te cuido, yo te curo”, llenándome de abrazos y besos, trayendo una curita y repitiendo “soy tu ayudante mami, no llores”. Porque aunque tratas de comerte los mocos para que el nene no te vea hecha una piltrafa, a veces el cuerpo no te ayuda, el dolor te supera, las fuerzas te fallan, la mente no está en su mejor momento y se nota. ¿Qué iba a hacer?, no recuerdo… a ver, y si regreso sobre mis pasos quizá me acuerde… ¿de dónde venía?… Moverte duele, y no moverte duele más. Te explota la cabeza, te mareas, el estómago te da vueltas, no sabes qué estás haciendo, no sabes qué estás diciendo, no sabes por qué estás allí. Te preguntas si todo pasará en algún momento, si te sentirás mejor.

Por ahora tengo suerte porque no vivo en una etapa de crisis permanente. El dolor está allí, como un rumor… va y viene, salta de un lugar al otro, como un grupo de monos enloquecidos en un árbol que no puede quitárselos de encima. Saber que esto tiene nombre, que de verdad existe y que hay mucha gente que lo vive, me da una tranquilidad relativa. No tengo idea de lo que se viene, pero al menos ya sé qué esperar, aunque no sepa todavía cómo enfrentarlo. Hablar con otros en la misma situación ha resultado ser la mejor terapia y aprender acerca del tema me ayuda a re-entrenarme para hacer cosas que antes no me hubiera imaginado tan retadoras.

El dibujo de Ada caló hondo. Fue como verme en dos etapas de la vida: el antes y después; el ayer y el hoy. Y no quiero ese hoy, no quiero ser ceniza ni sombra, y en eso estoy trabajando. Voy a mi ritmo, a mis tiempos, un día a la vez. Voy sorteando comentarios “porque me veo bien” o “no parezco enferma”, porque hoy estoy sonriendo y entonces seguro “ya me curé y no era nada ¿ves?”; o navegando en el mar de recomendaciones y remedios que quienes quieren darme una mano van descubriendo por allí. Voy rogando no volver a resbalar las escaleras con el pequeño de la mano ni caer en la calle; voy caminando lento pero ahora más segura. Allí voy, aprendiendo, investigando y preparando mi estrategia para convivir con este asunto de la mejor manera posible. A mi manera.

Es increíble el poder de una imagen ¿no? Me parece asombrosa la carga simbólica que podemos darle a unos trazos en papel. Es maravilloso poder darle un significado y a la vez, un poco bizarro que alguien sin pretenderlo, te entienda mejor que nadie.

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El consejo y la flor

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Hoy ha sido un día extraño. JM me acompañó al médico y luego a comer algo ligero.

Caminábamos a la parada de colectivos cuando pasamos por un kiosko de flores. “Mirá mamá, flores de colores” – me dijo – “muchos colores mamá”. La señora del kiosko, de pelo blanco y sonrisa bonachona, le dijo que la esperara, que le iba a regalar una. Él me miró sin saber qué hacer, no estaba seguro de quedarse, pero la curiosidad pudo más y esperó a que aquella señora reapareciera del fondo repleto de ramas y colores. Recibió la flor como quien recibe un tesoro, los ojazos abiertos y la sonrisa saltando de la cara. “Gracias”, le dijo a la señora, que en un ataque de ternura le preguntó si le podía dar un beso en el cachete y le estampó un “te quiero mi niño aunque no te conozca” con tal cariño que podría haber sido su abuela.

JM caminaba mirando su flor, la olía y giraba sonriendo feliz. No quiso que se la lleve, era SU flor, él iba a llevarla.

Cruzamos la avenida para llegar a la parada. Mientras esperábamos, se sentó a oler la flor y mirarla casi con devoción. Mi propia versión del principito y su rosa (aunque esta no fuera una rosa). Al rato, se bajó del asiento y se puso a mirar las figuras de trenes, autobuses y autos que el panel de la parada tenía dibujados. Un señor de ojos grises y pelo blanco se bajaba del colectivo con dificultad. Al llegar a nuestro lado se paró y de la nada me empezó a hablar. No esperó que le respondiera y se fue, caminando lentito y con los ojos inundados. El monólogo fue más o menos así: “¡Qué lindos son! aunque nos vuelvan locos ¿no?… hay que llenarlos de amor y pedirle al cielo, la vida o la divinidad en la vos creas que te de a vos y a tu pareja el tiempo y la salud que necesitan para verlo crecer, y llenarlo de amor, y romperse la cabeza pensando en hacerlo feliz. Y pase lo que pase, nunca dejar de decirle cuánto lo aman, lo importante que es para ustedes. Siempre decirle, siempre”. Y se fue. Se fue con la lágrima temblándole en el ojo y poniéndome varias entre las pestañas.

JM seguía feliz con su flor y sus dibujos, y yo quedé ahí, pensando en que en menos de diez minutos dos personas que nunca antes vi me hicieron un mimo al alma. Un mimo y un favor, porque entre tanto médico y tanta frustración a veces uno pierde el rumbo y confunde las prioridades. El miedo, el dolor, la angustia, el cansancio, la incertidumbre; tantas veces anidaron a sus anchas en mi espacio, tantas veces ocuparon mi tiempo, mi mente y mi corazón dejando casi sin lugar a lo importante. Sí, hoy hay certidumbre, queda el dolor y algo de angustia, pero ya no me comen la cabeza los miedos y las preguntas sin respuesta. Hoy hay flores y un consejo, que aunque no esperaba, llegó en el momento preciso.

Curiosa la vida ¿no?

Hermana, llega tu cumpleaños

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Chicuelas en la gran casa

Cuenta una leyenda urbana, que allá por agosto de1980, yo estaba por cumplir los 3 años cuando te llevaron a casa. Dicen, porque yo no lo recuerdo, que te di la bienvenida con un mimo en la cabeza con uno de los zapatos de papá. La verdad es que a estas alturas de la vida cada vez creo menos en esa historia que nos contaron hasta el cansancio y pienso que más bien, me atraparon justo antes de hacerte cariñito con una suela, jeje.

Confieso que a lo largo de estos 38 años no siempre te he querido igual. Podría ser, quizá, porque a pesar de ser la mente maestra detrás de cada travesura, jamás te castigaban y era yo la que terminaba renegando entre dientes. O porque agarrabas mis cosas, leías mis diarios (nunca más he podido escribir un diario REALMENTE privado, ¿gracias?) y me volvían loca tus burlas. Sé que durante mucho tiempo no fuimos amigas para nada, que quizá lo que definió algunos años de adolescencia (o muchos más) fue esa sensación de no caernos bien, el pelearnos por cualquier cosa, el no poder soportarnos durante mucho tiempo en un mismo lugar.

A medida que pasaron los años y fuimos creciendo, la vida nos agarró a palos y, felizmente, a pesar de tomar caminos muy distintos, empezamos a acercarnos, a descubrirnos otra vez como hermanas, amigas y cómplices. Nos unieron el dolor, la tristeza, la rabia, la impotencia. Empezamos a interesarnos menos en los dramas sin sentido y empezamos a darle valor a lo realmente importante. Descubrimos en medio del caos y los momentos más difíciles de nuestras vidas, que no éramos tan distintas como pensábamos, que nuestras diferencias dejaron de alejarnos y lograron complementarnos. Empezamos a cuidarnos más mutuamente, a estar allí para la otra, a compartir lo bueno y lo que podría haber sido infinitamente mejor, a aconsejarnos, a defendernos, a mimarnos. Nos hicimos compinches, y entonces, allí sí que se empezó a sentir la distancia, la geografía se empezó a convertir en un fastidio y más de una vez nos han sorprendido las ganas de teletransportarnos para estar allí para la otra, compartiendo momentos y recuerdos.

Te convertiste en mamá antes que yo y desde entonces has sido mi coach, mi cable a tierra, mi fan y mi crítica más constructiva. Sé que no siempre hemos tenido la relación más fácil o más linda, pero es genial que que podamos confiarnos cosas que hace un par de décadas ni siquiera hubiéramos soñado.

Quedan un par de horas para tu cumpleaños; ya grandes y sin tener que compartir torta y fiesta, te deseo hoy y siempre lo mejor de la vida: que cada tristeza se desvanezca, que cada dolor se vaya para no volver, que se multipliquen las sonrisas y bendiciones, que jamás te falte un pan (con queso, claro), que el amor te acompañe siempre, que el miedo no te impida seguir andando, que puedas lograr todo lo que quieras y más, que las fuerzas no se acaben, que encuentres salida a cada laberinto y que las papas fritas siempre te toquen crujientes y doradas.

Querida Ile, estoy segura de que aunque seamos un par de renegonas, cumpliremos eso que nos hemos prometido hace ya un tiempo: ESTAR. Cerca o lejos, pero estar. Pase lo que pase, para bien o para mal, ESTAR. Y creo que vamos por buen camino.

¡¡¡Muy feliz cumpleaños!!! Una vez más a la distancia, pero con el alma abrazándote y llenándote de amor.

Te quiero mucho. Hasta que nos volvamos a encontrar.

Las fieles

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¿Cuántos años humanos son siete años de calzado?

Hace unos días, mis fieles compañeras me dijeron “aquí me quedo”, mientras dejaban pasar un aire gélido por la malla rota y la comodidad que alguna vez tuvieron se desvaneció para siempre.

Hace siete años las encontré en un mercadillo en Cusco cuando empezaba, sin saber, una nueva etapa de mi vida. Me había divorciado y algo nerviosa apostaba por un nuevo comienzo. Nunca pensé que durarían tanto, que viviríamos tanto.

Empezaron su camino aventurero en el Valle Sagrado de los Incas, andando las piedras que tanto extraño. De pueblo en pueblo, subiendo montañas, bajando al valle, saltando charcos, subiendo escaleras, cruzando puentes.

Cuando me fui de aquél lugar maravilloso, viajaron en la maleta sin saber que la vida cambiaría en un suspiro.

Mojadas por el río Cañete en una escapada fugaz al sur de Lima, demostraron una vez más ser las mejores.

Aviones van, aviones vienen… pisamos el fin del mundo en aquél primer viaje a la Patagonia argentina: Ushuaia, Chaltén, Calafate. Glaciares, ríos, cascadas, bosques, turbales, lagunas, montañas. Kilómetros de kilómetros de kilómetros. Con el tiempo se convirtieron en compañeras urbanas sobre plazas, parques, concreto. Nació el pequeño y allí estuvieron, andando otra vez por el sur, San Martín de los Andes, Villa La Angostura, Junín de los Andes. Más plazas, más parques, más concreto.

Tanto hemos andado que parece mentira. Y sí, podría usarlos más, hasta que se parta la suela, me congele los pies o me llenen los pies de ampollas, pero creo que ya cumplieron su propósito y es hora de despedirse.

Aprovecho para despedirme de tantos sentimientos que asocio a esos siete años y que no quiero seguir llevando conmigo; para aligerar la carga con un “gracias, pero hasta aquí llegamos” y que con esas fieles amigas se vayan momentos oscuros, dolores profundos y tristezas agudas. Que solamente queden los recuerdos, y que, al visitarlos, sea con una sonrisa.

Gracias mis lindas, hasta aquí llegamos.

Lo que el tiempo trae

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Hoy se cumplen seis años de la muerte de mamá. Desde ayer tenía ganas de sentarme a dibujarla. Sí, es mi dibujo. Podrá parecer infantil y claramente no es la gran obra maestra, pero como me dijeron hace poco ¿para qué quieres una obra maestra si lo que quieres decir lo expresas tal cual lo sientes?

Siempre fui perfeccionista, quizá porque mamá repetía incesantemente ” la tarea bien hecha” y solía arrancar las hojas de mis cuadernos para que volviera a hacer la tarea si no le parecía correcta. Ni idea. Lo cierto es que con el tiempo hay cuestiones en las que me importan tres pepinos las perfecciones y otras, en las que la necesidad de exactitud, precisión y perfección es tal, que acabo por no hacer nada.

Son seis años desde aquella tarde, y en este tiempo ha pasado muchísimo, demasiado como para enumerar aquí, pero lo suficiente como para saber que no hay nada como el ahora. A pesar de eso, me cuesta increíblemente dejar de procrastinar para ponerme a hacer lo que quiero (porque lo que debo por algún motivo lo hago sin problemas, pero lo que quiero, eso sí que lo relego…)

Quisiera sentarme con ella a charlar y reír, a contarle tanto, a preguntarle hasta el cansancio, a verla jugar con su nieto, a pedirle que me enseñe sus trucos de maestra jardinera y todas esas canciones que no logro recordar. Pero no se puede y el tiempo sigue corriendo sin parar.

Tiempo, curioso elemento el tiempo – dice una canción de Jarabe de Palo – y nada más cierto. A veces parece bendecirnos con la distancia suficiente para recordar con una sonrisa y otras, es tirano y hiere hondo.

Yo siempre digo que no tengo tiempo, y a estas alturas ya no sé qué tan cierto es. Hace poco más de un mes empecé un taller de historieta para gente sin tiempo. Llegué a él casi sin darme cuenta, cuando descubrí que una vecina lo dictaba y me animé a preguntar. Yo de dibujo sé lo mismo que de cocina (nada), así que el que me conoce ya se estará preguntando por qué elegí hacer algo como eso. Y la respuesta es simple: Porque quiero. He pasado décadas enteras subordinando mis deseos a las necesidades y deseos de los demás, y no siempre por que me lo pidieran o exigieran, sino porque sentía que así debía ser, que era “mi deber” y creía que no podía ser de otra manera. Tiempo. Amigo tiempo, el que me ha llenado la cabeza de hilos de plata me vuelve a recordar que solamente existe el ahora. Lo pasado ya fue, el futuro no existe. El hoy es el momento.

Llegué a mi primera clase con cuaderno nuevo, lápiz y borrador. Pensé que aprendería a dibujar, que me darían cátedra de técnicas y tareas elaboradas que ya me estaban dando dolor de panza. Lo que encontré fue maravillosamente distinto. Reunidas en un café del barrio, cuatro mujeres sentadas a la mesa, empezamos a conversar, compartir, debatir, descubrir. Entre sorbos de café y charla amena, surgen las historias de la semana, las geniales historietas de Ada, los dibujos espectaculares de Dolo, la habilidad de Clara para guiarnos, compartir generosamente lo que sabe y sin imponer, ir logrando que soltemos la mano y los miedos y nos lancemos a comunicar en historietas lo cotidiano, lo fantástico, lo idílico, lo que nos mueve o lo que no. Nos deja tareas que cada quien interpreta y ejecuta a su manera, y al menos yo, me siento agradecida de haberme cruzado con estas mujeres extraordinarias, a las que veo dos veces al mes y que el resto del tiempo están a un click de distancia.

Gente sin tiempo, qué grupo tan lindo. Gente que va con la cabeza a mil por hora, el cuerpo lleno de achaques porque no logra seguir a la mente al ritmo que debiera, gente llena de colores y grises profundos, gente que me hace sentir que los tres palotes que soy capaz de hacer son un gran avance, y que me enseñan de arte, de libros, de música, de filosofía, de todo un poco.

Van seis años má, y aunque no dejo de extrañarte, voy buscando maneras de vivir en el hoy a plenitud. Sigo aprendiendo, compartiendo, descubriendo, y eso me hace feliz. Hace mucho que necesitaba algo como esto. Aunque mis historias reflejen la rutina, los enojos y dolores, son mías… Aunque los trazos sean de niña, los textos redundantes y las ideas todavía escasas, son mías, todas mías.

Mejor me voy que tengo tarea… cuaderno, lápiz y una historia de alpargatas.

Otoño afuera, otoño adentro

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Hoy al salir me encontré con esta escena. Luego de la intensa lluvia de la noche y las primeras horas de la mañana, algunas de las hojas del árbol frente a casa terminaron desparramadas por todas partes.

Qué curioso. Estos días me he sentido triste, cansada, enferma, adolorida, melancólica… otoñísima.

Es como si la estación se colara dentro con su aire fresco y sus hojas cayendo una a una. Este par de semanas he recibido tantas malas noticias que parece una broma. Gente de aquí y de allá pasando por momentos tremendos, dolores profundos, tristezas imposibles. Otoñísimo este otoño.

Veo las hojas y me concentro en su forma, en su color, en su tamaño. Todas diferentes, todas hermosas. Las pienso como parte de ese árbol que cada tanto las va mudando y renaciendo. Pasan las estaciones, pasa el tiempo, caen las hojas pero el árbol sigue en pie. ¿Y si la clave fuera ser el árbol y no marchitarse como cada hoja con cada dolor, cada tristeza, cada engaño?

Me voy a buscar el peque al jardín, a caminar bajo la lluvia y sobre las hojas, a mudar los miedos, angustias y pesares. Me voy a renacer. Ya vuelvo.

Aquellas pequeñas cosas

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Ilustración de @monsters_mondo

 

Hace varias semanas que venimos de una racha de médicos, malas noticias y mucha tristeza.

Cuando parece que sale el sol, ¡zaz! nos cae un chaparrón de nuevas situaciones que nos regresa a un estado de desesperanza del que hay que ir remando para salir.

Esta mañana, entre todos los mensajes con los que nos suelen bombardear los medios, las redes sociales y el mundo, me llamó la atención uno muy breve y concreto. Desde su mundo imaginario, un pequeño y adorable monstruo (creación de @monsters_mondo) me miraba y me decía: “ENJOY THE LITTLE THINGS”… disfruta de las pequeñas cosas.

¿No te pasa que a veces parece que la carga es demasiada? Me pasa sentir que ya no puedo más, que todo es una porquería y que ya no quiero más de nada. Y entonces, la frase del pequeño monstruo cobra sentido: ¿por qué esperar soluciones maravillosas o grandes momentos? Las pequeñas cosas, los momentos de luz y risa, esos placeres y mimos que podemos permitirnos, hacen todo más llevadero.

¿Crees que no tienes nada que disfrutar? Pues te reto a mirar uno de tus días con detenimiento y darte cuenta de esas “pequeñas cosas” que te hacen bien…

Ese cafecito muy caliente, las manitos juguetonas de tu bebé, una buena ducha al final del día, quitarte los zapatos al llegar a casa, ese chocolate que te comes a escondidas, el libro sobre la mesita de noche, cantar mientras preparas la comida o bailar con la escoba al ritmo que te haga mover el cuerpo.

A lo mejor, salir a volar una cometa cada cumpleaños, tomar una copa de vino o acurrucarte en la cama para ver una peli. El olor de algo nuevo que te gusta, que el celular todavía tenga memoria o batería, la risa que anuncia una travesura, los abrazos y besos. Las cartas de un amigo, los mimos de tu mamá, irte a la pelu o dejarte crecer la barba. Un asado con los amigos, una tarde de música en una plaza, salir a jugar al parque o una sopita caliente un día de lluvia. Que no se trabe la llave al tratar de abrir la puerta, mantener el equilibrio andando en patines o monopatín, ver a tus amigos o a tus amores, recibir o hacer un regalo.

Quizá que no te ajuste el jean que antes te apretaba, andar saltando de charco en charco bajo la lluvia, jugar con tu mascota o tener la fortuna de trabajar en lo que amas. Aprender eso que siempre quisiste, ayudar a quien te necesita, que te salude el “cara de piedra” que no le dice hola a nadie, que tus proyectos crezcan aunque sea un poco. Conocer alguien interesante, comer algo que te recuerde la infancia, jugar como cuando eras una criatura y descubrir que pequeñas buenas acciones aleatorias tienen impacto positivo en la vida de alguien más.

Puede ser el objeto que coleccionas con pasión, las tardes con los amigos o mirando el atardecer. El canto del picaflor a media tarde o una mañana sin tráfico en la ciudad, un mensaje de alguien a quien extrañas o una sorpresa que te saca una sonrisa. Pintar un lienzo, una pared, un papel; dibujar, esculpir o modelar. Capturar el mundo a través de la lente de una cámara, cocinar con alguien divertido o el olor de las galletas recién horneadas inundando tu casa. El sol en la cara, el viento en el pelo, saltar sobre las hojas que el otoño va liberando de los árboles. Un brownie tibio con helado, un baño de burbujas, una felicitación en el trabajo o el billete que encontraste en el bolsillo más profundo del pantalón. Las fotos que te hacen sonreír, el olor a tierra mojada o un arcoíris divino en el cielo azul. Las formas divertidas de las nubes, un asiento en el bus, que tengas papel higiénico si lo necesitas o que te duela la panza de tanto reír.  Abrazar un árbol, mirar trabajar a una abeja, sonreírle a la luna o admirar un cielo repleto de estrellas. Abrir un cuaderno nuevo, tajar un lápiz hasta conseguir la punta perfecta, leer un texto que te llene el alma o compartir algo que te hace feliz.

Tal vez ser el primero en abrir el diario por la mañana, ganarte un premio o que encuentres en oferta eso que tanto buscabas. Que te sonría quien te gusta y te llene de mariposas la panza, tener a tus amores cerca y llenarlos de besos. Un picnic improvisado, un paseo inesperado, mojarte los pies en el mar o dejar que el agua cantarina de un río se lleve tus angustias. Terminar un proyecto complicado, aprobar el examen, tener un buen resultado médico o lograr hacer un trámite que te parecía imposible.

Puede ser que veas bien ¡por fin! con esos lentes, sentarte en esa camioneta que tanto te gusta (aunque sea en un concesionario), una charla amena con ese amigo entrañable, poder comprarte un gustito o descubrir algo rico en la alacena de casa. Empujar a tu hijo en el columpio y ver su carita radiante, que te toque una galleta extra en el paquete, tocar música o crear algo desde cero. Jugar tu videojuego favorito o visitar a alguien que se siente solo. Que salga esa mancha de tu ropa preferida, patinar en medias o rodar por el pasto.

Tanto puede ser.

Tenía razón ese simpático monstruo regordete. Hay que hacer el ejercicio de mirar lo pequeñito además de lo grande, porque la suma de esas pequeñeces son las que seguramente nos darán la fuerza y alegría para continuar; recargarán nuestra energía y nos dejarán ver que hay todavía mucho por celebrar y agradecer.

¿Me cuentas qué pequeñas cosas hacen mejor tu mundo hoy?

La noticia del domingo

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Ayer a media tarde entré a Facebook a revisar las fechas de un evento y me encontré con una noticia que no entendí al inicio. Me tomó un momento comprender aquellas palabras que tuve que releer varias veces.

En el muro de la querida propietaria de uno de los cafecitos más emblemáticos del barrio, la noticia de que su hijo – que trabajaba con ella en ese refugio querido – había muerto, me dejó helada. Le comenté a mi esposo casi en un susurro. Él, pálido y con los ojos desencajados, me repetía “¿pero qué decís?”

Hace ya algunos meses que no los veíamos en el café. Estuvieron de vacaciones en el verano y luego los horarios se nos fueron complicando. A pesar de no vernos, mantuve comunicación con él hasta hace poco. Lo conocí hace algunos años, un día en el que fui a hacer un trámite y me perdí; seguí andando y llegué a un pequeño café con las paredes llenas de cuadros, mesas de madera y una barra oscura que me enamoró desde el primer día. Allí estaba él, amable, sonriente. No había nadie más en el local y entré porque la magia de ese lugarcito me encantó. Pasamos casi dos horas charlando, hablando de viajes, de música, de comida, estuvo buenísimo. Volví con mi esposo a una actividad que habían programado: una tarde de cuentos. Allí conocí a su madre, una mujer hermosa, fuerte, de risa contagiosa, con mil historias para compartir y un corazón gigante.

Nos convertimos en asiduos visitantes cada vez que el tiempo y el presupuesto lo permitían. Pasó el tiempo, y vivimos junto a ellos mi panza y el nacimiento de JM. Ellos se iban de vacaciones y llegaban con regalos para el pequeño. Ella, poeta, escribía cosas hermosas que hoy forman parte del libro de recuerdos del chiquito. A medida que JM fue creciendo se volvió más complicado salir con él, en especial a lugares pequeños, y de a pocos fuimos reduciendo las visitas. Ellos redujeron sus horarios de atención para poder seguir a flote y entre una cosa y la otra, dejamos de vernos largo tiempo.

Ayer la noticia de aquella muerte fue un shock tremendo. Desde entonces no dejan de desfilar por mi mente imágenes de él arreglando algo en su moto, sirviendo sus deliciosos cafecitos, sentado con nosotros a la mesa en una amena charla, cargando a JM, llamando a su mamá a decirle que nosotros estábamos en el local por si quería pasar, reparando una lámpara que encontró en la calle, poniendo música siempre genial, contándonos de sus vacaciones y más. No dejo de pensar en las veces en las que su madre repitió las historias de sus aventuras temerarias y accidentes, sus travesuras de la infancia y sus angustias. Desde ayer no dejo de abrazar y besar a JM y repetirle que lo amo. Pienso en su mamá, esa gran mujer, y se me parte el alma de saber que no puedo hacer nada para aliviarle el inmenso dolor de perder a su hijo, socio y compañero. Nada de lo que pueda decir o hacer ayudará a reducir ese vacío.

Anoche llovió mucho, muchísimo, y pensaba en ella, en que el cielo lloraba con ella, por ella, para ella. Esta noche pasaremos a darle un abrazo y a decirle los formulismos del caso. Quisiera tanto que fuera una pesadilla y no la realidad. Veo a mi pequeño y pienso en lo tonta que he sido por renegar tanto con este nene, un pequeño ruidoso y feliz que corre, grita y tira cosas. Lo miro sonriendo y bailando y agradezco a la vida porque está aquí, a pesar de las malas noches, el cansancio eterno y la frustración casi permanente que me provoca.

B, querido, alas y buen viento, ya nos reencontraremos para una de esas largas charlas y un buen café. Cuida a tu madre que no sabe qué hacer sin ti. Te queremos, se te va a extrañar. Hasta pronto y gracias por recordarme que la vida es aquí y ahora. Beso al cielo.

Los platos de gala

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Hace un par de años, cuando aún estaba embarazada, tuve la buena fortuna de que mis hermanos pudieran venir a pasar la Navidad aquí a Buenos Aires. Tenerlos aquí con mis cuñados y mi sobrina significó una bocanada de aire fresco y a pesar del calor inclemente y la panza cada vez más prominente, nos las arreglamos para pasar unos lindos días juntos.

Recuerdo uno de esos días, en los que no faltaba algo rico para comer, a mi hermano sorprendido porque íbamos a usar los platos de madera que traje Lima, los que mamá guardaba con el cristal y la porcelana; “¡los platos de gala!” – me dijo con asombro y un poco culpable de usarlos “en un día cualquiera”. Verás, los platos de gala de mamá salían a la mesa solamente en ocasiones especiales, algún cumpleaños o celebración específica. Los recuerdo desde siempre en casa, tengo un vago recuerdo a un comentario de mamá diciendo algo de que fueron un regalo de matrimonio, pero no estoy segura, y si fue así, no sé quién se los regalo. Lo que sí sé, es que los guardaba como un tesoro y los pudo disfrutar en contados momentos, y nosotros con ella.

Aunque papá y mamá con el paso del tiempo empezaron a permitirse disfrutar más de la vida, de comer algo rico, de salir al teatro (a ver a su adorado bebé) y a acompañarnos más en cada proyecto loco de sus hijos, creo que no llegaron al punto de poder liberarse de su austeridad – tan cuidada para llegar a fin de mes sin deudas – y quitarse la culpa de comer un helado juntos en vez de comprar las fotocopias de algún curso o medias para nosotros. Francamente les agradezco infinitamente los esfuerzos tantas veces ignorados y poco valorados, sus sacrificios y renuncias constantes en favor de nuestro bienestar, pero me apena muchísimo que no hayan podido disfrutar más del fruto de su trabajo, del fruto del trabajo de sus hijos, de las semillas que sembraron y cuidaron con esmero durante tantos años. Me pone triste que no hubieran más “galas” en casa, que no salieran a pasear, a reír más y vivir sus vidas, además de las nuestras. Hoy que soy madre entiendo sus angustias y temores, he aprendido mucho de su modo de estirar la plata, de aprovechar ofertas y cuidar lo que se tiene, pero no comparto el hecho de privarse de momentos especiales en favor de un futuro que para ellos no llegó jamás.

El que se fueran jóvenes, en sus cincuentas, luego de tanto dolor y tristezas, me reafirma la idea de que el futuro es una ilusión, algo que no existe; que es algo que vamos construyendo poco a poco en esta vida, en el presente, en el hoy y el ahora. Entonces, ¿por qué no usar “los platos de gala”? Hace un par de días que el nene de unos queridos amigos (que apenas cumplió un mes) está hospitalizado. Familia y amigos están pasando por momentos complicados. Nosotros mismos venimos de una racha tremenda de problemas de salud, desempleo y angustias propias y ajenas. Nos hundimos en la rutina, nos ahogamos en los problemas que no cesan, nos aturdimos con todo lo que hay que hacer, lograr, pagar, etc… Pero en el camino nos olvidamos que la vida no es solamente eso. Hace poco leí en el muro de una amiga, su recuento del día en el que su esposo tuvo un paro cardíaco. Ellos, viviendo solos en otro país, ella embarazadísima y él muriendo a su lado, resucitado y vuelto a la vida. Leí chorreando moco y lágrimas su experiencia desgarradora y a la vez inspiradora, su grito de VIVAMOS LA VIDA y agradezcamos el estar juntos hoy, que mañana no sabemos. Me removió sentimientos profundos, recuerdos aún no compartidos, dolores viejos acumulados en el alma y que descubrí que debo sacudir.

Frases trilladas y cursis se vuelven tan reales cuando te tocan una fibra, ¿no?. En casa hace mucho que decidimos por las experiencias antes que por las cosas, y la verdad es que disfrutamos de viajar, de la música, de pasear, de comer y pasar tiempo juntos. No siempre se puede, y cuando se puede, no siempre es como lo soñamos, pero sí que intentamos llenarnos de esos momentos en los que juntos, creamos memorias y nos llenamos de recuerdos maravillosos. Aprovechamos los eventos gratuitos de la ciudad, un paseo en tren o colectivo, una salida a la plaza o a caminar por el río. No todo es gasto y siempre se puede ganar algo.

¿Cómo vives hoy? ¿Guardas los platos de gala o celebras cada día como el momento especial que es? No importa si tienes una lista interminable de problemas y angustias, créeme, aquí nos sobran muchos, pero no podemos dejar que eso nos paralice. Tenemos días buenos y otros que podrían ser mejores, pero al final, lo que buscamos es quedarnos con lo positivo, con lo que nos hace bien y nos impulsa a seguir andando a pesar de todo.

En fin, me voy, que hay que buscar al peque del jardín y seguir con las tareas de la casa antes de inventar una canción para la merienda, cuando nos sentemos a la mesa con los platos de gala y las ganas puestas a darle un mordisco a alguna cosa rica 😉

Van casi dos

Estándar

Quedan solamente unos días para que cumplas dos años. En dos semanas empiezas el jardín y esto de comprarte un uniforme y verte con mochila me pega duro y de golpe siento el peso del paso del tiempo.

Cuando empezamos esta aventura extraordinariamente caótica de extender la familia, nunca imaginamos la magnitud de la tarea.

Alguna vez le comenté a una amiga entrañable que no sabía si lo estaba haciendo bien, que tenía muchas dudas, que me angustiaba estar metiendo la pata con algo. Me sonrió y con cara de abuelita amorosa me dijo que si me sentía así, era que lo estaba haciendo bien. Me dijo que solamente puede hacerlo terriblemente mal el indiferente, el que no siente interés ni preocupación, pues nada le importa y por eso mismo sus decisiones pueden no ser las mejores. A pesar de la lógica de sus palabras, no he logrado sacudirme las dudas y mucho menos la preocupación.

Te veo crecer y espero poder seguir contigo todo el tiempo que me de el cuerpo. Me sorprenden tus ocurrencias, tus avances, tus reacciones. Hablas como un loro sin descanso, corres sin parar, quieres salir a pasear cada par de horas, pides comer helado en el desayuno, te pones las sandalias al revés y te gusta bañarte en ducha.

Se habla y escribe mucho sobre esto de ser padres, pero pocos cuentan las verdades. Hasta hace muy poco, todo lo que leía eran historias azucaradas de lo maravilloso que es ser padre o madre. Y lo cierto es, que, muchas veces la maravilla es poca, el trabajo es mucho, el agotamiento infinito y la duda inmensa.

Hay quienes empezaron ya a contar las cosas como son: los dolores, las frustraciones, las verdades a calzón quitado. Y eso está buenísimo, porque entonces los primerizos no llegamos con esa idea de mentira fantástica, con cosas que no te cuentan “por pudor” hasta el día que te toca parir y culpas que asignas al comparar lo que sientes y piensas con lo que “todos” dicen. Felizmente hay gente que cuenta sin miedos y agradezco desde el alma a esos cuantos, a los valientes que hablan de sus frustraciones, sus vergüenzas, sus errores, sus aprendizajes constantes. Bravo y gracias.

Dos años casi, desde ese día terriblemente angustiante, doloro y lleno de temor. Desde que me ataron y te pude ver de lejos y no me dejaron ni darte un beso, desde que me lanzaron sin un consejo y solamente la ayuda de otro primerizo despistado como yo (tu papito) al mundo de la maternidad. De esos días en el hospital en el que estuviste todo el tiempo con nosotros y tuvimos que descubrirlo todo, los pañales, cómo alimentarte, cómo cuidarte, yo, con una herida abierta y unas ganas de salir corriendo impresionantes y papá con sus nervios y sus ojeras inmensas.

Me decían que todo pasa, que todo mejora. Lejano veía el día, pero tengo que reconocer que es cierto. Que todo pasa, todo mejora, de todo se aprende. Las dudas y miedos no se van, crecen y se multiplican como gremlins bajo la lluvia, pero se encaran diferente, con más aplomo y más calma. Se disfruta más a pesar de los problemas, se vive más bonito, se quiere con más ganas y se eligen mejor las batallas.

Casi dos años de esta locura, del mundo patas arriba, de no poder cerrar la puerta para ir al baño y desvelarme por escucharte respirar, de reanimarte cuando dejabas de hacerlo… un par de años llenos de lágrimas y de risas, de ver tus ojos inmensos, besar tus cachetes y admirar tus manitas.

Creo que nunca me terminaré de acostumbrar a esto, pero seguramente intentaré adaptarme, navegando entre críticas y recomendaciones absurdas, buscando un equilibrio entre lo que se debe, lo que se quiere y lo que se puede, haciendo lo mejor posible.

Uy, te despertaste de la siesta. A empezar con el baile otra vez. Voy corriendo a comerte a besos los cachetes.