Lo que el tiempo trae

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Hoy se cumplen seis años de la muerte de mamá. Desde ayer tenía ganas de sentarme a dibujarla. Sí, es mi dibujo. Podrá parecer infantil y claramente no es la gran obra maestra, pero como me dijeron hace poco ¿para qué quieres una obra maestra si lo que quieres decir lo expresas tal cual lo sientes?

Siempre fui perfeccionista, quizá porque mamá repetía incesantemente ” la tarea bien hecha” y solía arrancar las hojas de mis cuadernos para que volviera a hacer la tarea si no le parecía correcta. Ni idea. Lo cierto es que con el tiempo hay cuestiones en las que me importan tres pepinos las perfecciones y otras, en las que la necesidad de exactitud, precisión y perfección es tal, que acabo por no hacer nada.

Son seis años desde aquella tarde, y en este tiempo ha pasado muchísimo, demasiado como para enumerar aquí, pero lo suficiente como para saber que no hay nada como el ahora. A pesar de eso, me cuesta increíblemente dejar de procrastinar para ponerme a hacer lo que quiero (porque lo que debo por algún motivo lo hago sin problemas, pero lo que quiero, eso sí que lo relego…)

Quisiera sentarme con ella a charlar y reír, a contarle tanto, a preguntarle hasta el cansancio, a verla jugar con su nieto, a pedirle que me enseñe sus trucos de maestra jardinera y todas esas canciones que no logro recordar. Pero no se puede y el tiempo sigue corriendo sin parar.

Tiempo, curioso elemento el tiempo – dice una canción de Jarabe de Palo – y nada más cierto. A veces parece bendecirnos con la distancia suficiente para recordar con una sonrisa y otras, es tirano y hiere hondo.

Yo siempre digo que no tengo tiempo, y a estas alturas ya no sé qué tan cierto es. Hace poco más de un mes empecé un taller de historieta para gente sin tiempo. Llegué a él casi sin darme cuenta, cuando descubrí que una vecina lo dictaba y me animé a preguntar. Yo de dibujo sé lo mismo que de cocina (nada), así que el que me conoce ya se estará preguntando por qué elegí hacer algo como eso. Y la respuesta es simple: Porque quiero. He pasado décadas enteras subordinando mis deseos a las necesidades y deseos de los demás, y no siempre por que me lo pidieran o exigieran, sino porque sentía que así debía ser, que era “mi deber” y creía que no podía ser de otra manera. Tiempo. Amigo tiempo, el que me ha llenado la cabeza de hilos de plata me vuelve a recordar que solamente existe el ahora. Lo pasado ya fue, el futuro no existe. El hoy es el momento.

Llegué a mi primera clase con cuaderno nuevo, lápiz y borrador. Pensé que aprendería a dibujar, que me darían cátedra de técnicas y tareas elaboradas que ya me estaban dando dolor de panza. Lo que encontré fue maravillosamente distinto. Reunidas en un café del barrio, cuatro mujeres sentadas a la mesa, empezamos a conversar, compartir, debatir, descubrir. Entre sorbos de café y charla amena, surgen las historias de la semana, las geniales historietas de Ada, los dibujos espectaculares de Dolo, la habilidad de Clara para guiarnos, compartir generosamente lo que sabe y sin imponer, ir logrando que soltemos la mano y los miedos y nos lancemos a comunicar en historietas lo cotidiano, lo fantástico, lo idílico, lo que nos mueve o lo que no. Nos deja tareas que cada quien interpreta y ejecuta a su manera, y al menos yo, me siento agradecida de haberme cruzado con estas mujeres extraordinarias, a las que veo dos veces al mes y que el resto del tiempo están a un click de distancia.

Gente sin tiempo, qué grupo tan lindo. Gente que va con la cabeza a mil por hora, el cuerpo lleno de achaques porque no logra seguir a la mente al ritmo que debiera, gente llena de colores y grises profundos, gente que me hace sentir que los tres palotes que soy capaz de hacer son un gran avance, y que me enseñan de arte, de libros, de música, de filosofía, de todo un poco.

Van seis años má, y aunque no dejo de extrañarte, voy buscando maneras de vivir en el hoy a plenitud. Sigo aprendiendo, compartiendo, descubriendo, y eso me hace feliz. Hace mucho que necesitaba algo como esto. Aunque mis historias reflejen la rutina, los enojos y dolores, son mías… Aunque los trazos sean de niña, los textos redundantes y las ideas todavía escasas, son mías, todas mías.

Mejor me voy que tengo tarea… cuaderno, lápiz y una historia de alpargatas.

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Otoño afuera, otoño adentro

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Hoy al salir me encontré con esta escena. Luego de la intensa lluvia de la noche y las primeras horas de la mañana, algunas de las hojas del árbol frente a casa terminaron desparramadas por todas partes.

Qué curioso. Estos días me he sentido triste, cansada, enferma, adolorida, melancólica… otoñísima.

Es como si la estación se colara dentro con su aire fresco y sus hojas cayendo una a una. Este par de semanas he recibido tantas malas noticias que parece una broma. Gente de aquí y de allá pasando por momentos tremendos, dolores profundos, tristezas imposibles. Otoñísimo este otoño.

Veo las hojas y me concentro en su forma, en su color, en su tamaño. Todas diferentes, todas hermosas. Las pienso como parte de ese árbol que cada tanto las va mudando y renaciendo. Pasan las estaciones, pasa el tiempo, caen las hojas pero el árbol sigue en pie. ¿Y si la clave fuera ser el árbol y no marchitarse como cada hoja con cada dolor, cada tristeza, cada engaño?

Me voy a buscar el peque al jardín, a caminar bajo la lluvia y sobre las hojas, a mudar los miedos, angustias y pesares. Me voy a renacer. Ya vuelvo.

Aquellas pequeñas cosas

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Ilustración de @monsters_mondo

 

Hace varias semanas que venimos de una racha de médicos, malas noticias y mucha tristeza.

Cuando parece que sale el sol, ¡zaz! nos cae un chaparrón de nuevas situaciones que nos regresa a un estado de desesperanza del que hay que ir remando para salir.

Esta mañana, entre todos los mensajes con los que nos suelen bombardear los medios, las redes sociales y el mundo, me llamó la atención uno muy breve y concreto. Desde su mundo imaginario, un pequeño y adorable monstruo (creación de @monsters_mondo) me miraba y me decía: “ENJOY THE LITTLE THINGS”… disfruta de las pequeñas cosas.

¿No te pasa que a veces parece que la carga es demasiada? Me pasa sentir que ya no puedo más, que todo es una porquería y que ya no quiero más de nada. Y entonces, la frase del pequeño monstruo cobra sentido: ¿por qué esperar soluciones maravillosas o grandes momentos? Las pequeñas cosas, los momentos de luz y risa, esos placeres y mimos que podemos permitirnos, hacen todo más llevadero.

¿Crees que no tienes nada que disfrutar? Pues te reto a mirar uno de tus días con detenimiento y darte cuenta de esas “pequeñas cosas” que te hacen bien…

Ese cafecito muy caliente, las manitos juguetonas de tu bebé, una buena ducha al final del día, quitarte los zapatos al llegar a casa, ese chocolate que te comes a escondidas, el libro sobre la mesita de noche, cantar mientras preparas la comida o bailar con la escoba al ritmo que te haga mover el cuerpo.

A lo mejor, salir a volar una cometa cada cumpleaños, tomar una copa de vino o acurrucarte en la cama para ver una peli. El olor de algo nuevo que te gusta, que el celular todavía tenga memoria o batería, la risa que anuncia una travesura, los abrazos y besos. Las cartas de un amigo, los mimos de tu mamá, irte a la pelu o dejarte crecer la barba. Un asado con los amigos, una tarde de música en una plaza, salir a jugar al parque o una sopita caliente un día de lluvia. Que no se trabe la llave al tratar de abrir la puerta, mantener el equilibrio andando en patines o monopatín, ver a tus amigos o a tus amores, recibir o hacer un regalo.

Quizá que no te ajuste el jean que antes te apretaba, andar saltando de charco en charco bajo la lluvia, jugar con tu mascota o tener la fortuna de trabajar en lo que amas. Aprender eso que siempre quisiste, ayudar a quien te necesita, que te salude el “cara de piedra” que no le dice hola a nadie, que tus proyectos crezcan aunque sea un poco. Conocer alguien interesante, comer algo que te recuerde la infancia, jugar como cuando eras una criatura y descubrir que pequeñas buenas acciones aleatorias tienen impacto positivo en la vida de alguien más.

Puede ser el objeto que coleccionas con pasión, las tardes con los amigos o mirando el atardecer. El canto del picaflor a media tarde o una mañana sin tráfico en la ciudad, un mensaje de alguien a quien extrañas o una sorpresa que te saca una sonrisa. Pintar un lienzo, una pared, un papel; dibujar, esculpir o modelar. Capturar el mundo a través de la lente de una cámara, cocinar con alguien divertido o el olor de las galletas recién horneadas inundando tu casa. El sol en la cara, el viento en el pelo, saltar sobre las hojas que el otoño va liberando de los árboles. Un brownie tibio con helado, un baño de burbujas, una felicitación en el trabajo o el billete que encontraste en el bolsillo más profundo del pantalón. Las fotos que te hacen sonreír, el olor a tierra mojada o un arcoíris divino en el cielo azul. Las formas divertidas de las nubes, un asiento en el bus, que tengas papel higiénico si lo necesitas o que te duela la panza de tanto reír.  Abrazar un árbol, mirar trabajar a una abeja, sonreírle a la luna o admirar un cielo repleto de estrellas. Abrir un cuaderno nuevo, tajar un lápiz hasta conseguir la punta perfecta, leer un texto que te llene el alma o compartir algo que te hace feliz.

Tal vez ser el primero en abrir el diario por la mañana, ganarte un premio o que encuentres en oferta eso que tanto buscabas. Que te sonría quien te gusta y te llene de mariposas la panza, tener a tus amores cerca y llenarlos de besos. Un picnic improvisado, un paseo inesperado, mojarte los pies en el mar o dejar que el agua cantarina de un río se lleve tus angustias. Terminar un proyecto complicado, aprobar el examen, tener un buen resultado médico o lograr hacer un trámite que te parecía imposible.

Puede ser que veas bien ¡por fin! con esos lentes, sentarte en esa camioneta que tanto te gusta (aunque sea en un concesionario), una charla amena con ese amigo entrañable, poder comprarte un gustito o descubrir algo rico en la alacena de casa. Empujar a tu hijo en el columpio y ver su carita radiante, que te toque una galleta extra en el paquete, tocar música o crear algo desde cero. Jugar tu videojuego favorito o visitar a alguien que se siente solo. Que salga esa mancha de tu ropa preferida, patinar en medias o rodar por el pasto.

Tanto puede ser.

Tenía razón ese simpático monstruo regordete. Hay que hacer el ejercicio de mirar lo pequeñito además de lo grande, porque la suma de esas pequeñeces son las que seguramente nos darán la fuerza y alegría para continuar; recargarán nuestra energía y nos dejarán ver que hay todavía mucho por celebrar y agradecer.

¿Me cuentas qué pequeñas cosas hacen mejor tu mundo hoy?

La noticia del domingo

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Ayer a media tarde entré a Facebook a revisar las fechas de un evento y me encontré con una noticia que no entendí al inicio. Me tomó un momento comprender aquellas palabras que tuve que releer varias veces.

En el muro de la querida propietaria de uno de los cafecitos más emblemáticos del barrio, la noticia de que su hijo – que trabajaba con ella en ese refugio querido – había muerto, me dejó helada. Le comenté a mi esposo casi en un susurro. Él, pálido y con los ojos desencajados, me repetía “¿pero qué decís?”

Hace ya algunos meses que no los veíamos en el café. Estuvieron de vacaciones en el verano y luego los horarios se nos fueron complicando. A pesar de no vernos, mantuve comunicación con él hasta hace poco. Lo conocí hace algunos años, un día en el que fui a hacer un trámite y me perdí; seguí andando y llegué a un pequeño café con las paredes llenas de cuadros, mesas de madera y una barra oscura que me enamoró desde el primer día. Allí estaba él, amable, sonriente. No había nadie más en el local y entré porque la magia de ese lugarcito me encantó. Pasamos casi dos horas charlando, hablando de viajes, de música, de comida, estuvo buenísimo. Volví con mi esposo a una actividad que habían programado: una tarde de cuentos. Allí conocí a su madre, una mujer hermosa, fuerte, de risa contagiosa, con mil historias para compartir y un corazón gigante.

Nos convertimos en asiduos visitantes cada vez que el tiempo y el presupuesto lo permitían. Pasó el tiempo, y vivimos junto a ellos mi panza y el nacimiento de JM. Ellos se iban de vacaciones y llegaban con regalos para el pequeño. Ella, poeta, escribía cosas hermosas que hoy forman parte del libro de recuerdos del chiquito. A medida que JM fue creciendo se volvió más complicado salir con él, en especial a lugares pequeños, y de a pocos fuimos reduciendo las visitas. Ellos redujeron sus horarios de atención para poder seguir a flote y entre una cosa y la otra, dejamos de vernos largo tiempo.

Ayer la noticia de aquella muerte fue un shock tremendo. Desde entonces no dejan de desfilar por mi mente imágenes de él arreglando algo en su moto, sirviendo sus deliciosos cafecitos, sentado con nosotros a la mesa en una amena charla, cargando a JM, llamando a su mamá a decirle que nosotros estábamos en el local por si quería pasar, reparando una lámpara que encontró en la calle, poniendo música siempre genial, contándonos de sus vacaciones y más. No dejo de pensar en las veces en las que su madre repitió las historias de sus aventuras temerarias y accidentes, sus travesuras de la infancia y sus angustias. Desde ayer no dejo de abrazar y besar a JM y repetirle que lo amo. Pienso en su mamá, esa gran mujer, y se me parte el alma de saber que no puedo hacer nada para aliviarle el inmenso dolor de perder a su hijo, socio y compañero. Nada de lo que pueda decir o hacer ayudará a reducir ese vacío.

Anoche llovió mucho, muchísimo, y pensaba en ella, en que el cielo lloraba con ella, por ella, para ella. Esta noche pasaremos a darle un abrazo y a decirle los formulismos del caso. Quisiera tanto que fuera una pesadilla y no la realidad. Veo a mi pequeño y pienso en lo tonta que he sido por renegar tanto con este nene, un pequeño ruidoso y feliz que corre, grita y tira cosas. Lo miro sonriendo y bailando y agradezco a la vida porque está aquí, a pesar de las malas noches, el cansancio eterno y la frustración casi permanente que me provoca.

B, querido, alas y buen viento, ya nos reencontraremos para una de esas largas charlas y un buen café. Cuida a tu madre que no sabe qué hacer sin ti. Te queremos, se te va a extrañar. Hasta pronto y gracias por recordarme que la vida es aquí y ahora. Beso al cielo.

Los platos de gala

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Hace un par de años, cuando aún estaba embarazada, tuve la buena fortuna de que mis hermanos pudieran venir a pasar la Navidad aquí a Buenos Aires. Tenerlos aquí con mis cuñados y mi sobrina significó una bocanada de aire fresco y a pesar del calor inclemente y la panza cada vez más prominente, nos las arreglamos para pasar unos lindos días juntos.

Recuerdo uno de esos días, en los que no faltaba algo rico para comer, a mi hermano sorprendido porque íbamos a usar los platos de madera que traje Lima, los que mamá guardaba con el cristal y la porcelana; “¡los platos de gala!” – me dijo con asombro y un poco culpable de usarlos “en un día cualquiera”. Verás, los platos de gala de mamá salían a la mesa solamente en ocasiones especiales, algún cumpleaños o celebración específica. Los recuerdo desde siempre en casa, tengo un vago recuerdo a un comentario de mamá diciendo algo de que fueron un regalo de matrimonio, pero no estoy segura, y si fue así, no sé quién se los regalo. Lo que sí sé, es que los guardaba como un tesoro y los pudo disfrutar en contados momentos, y nosotros con ella.

Aunque papá y mamá con el paso del tiempo empezaron a permitirse disfrutar más de la vida, de comer algo rico, de salir al teatro (a ver a su adorado bebé) y a acompañarnos más en cada proyecto loco de sus hijos, creo que no llegaron al punto de poder liberarse de su austeridad – tan cuidada para llegar a fin de mes sin deudas – y quitarse la culpa de comer un helado juntos en vez de comprar las fotocopias de algún curso o medias para nosotros. Francamente les agradezco infinitamente los esfuerzos tantas veces ignorados y poco valorados, sus sacrificios y renuncias constantes en favor de nuestro bienestar, pero me apena muchísimo que no hayan podido disfrutar más del fruto de su trabajo, del fruto del trabajo de sus hijos, de las semillas que sembraron y cuidaron con esmero durante tantos años. Me pone triste que no hubieran más “galas” en casa, que no salieran a pasear, a reír más y vivir sus vidas, además de las nuestras. Hoy que soy madre entiendo sus angustias y temores, he aprendido mucho de su modo de estirar la plata, de aprovechar ofertas y cuidar lo que se tiene, pero no comparto el hecho de privarse de momentos especiales en favor de un futuro que para ellos no llegó jamás.

El que se fueran jóvenes, en sus cincuentas, luego de tanto dolor y tristezas, me reafirma la idea de que el futuro es una ilusión, algo que no existe; que es algo que vamos construyendo poco a poco en esta vida, en el presente, en el hoy y el ahora. Entonces, ¿por qué no usar “los platos de gala”? Hace un par de días que el nene de unos queridos amigos (que apenas cumplió un mes) está hospitalizado. Familia y amigos están pasando por momentos complicados. Nosotros mismos venimos de una racha tremenda de problemas de salud, desempleo y angustias propias y ajenas. Nos hundimos en la rutina, nos ahogamos en los problemas que no cesan, nos aturdimos con todo lo que hay que hacer, lograr, pagar, etc… Pero en el camino nos olvidamos que la vida no es solamente eso. Hace poco leí en el muro de una amiga, su recuento del día en el que su esposo tuvo un paro cardíaco. Ellos, viviendo solos en otro país, ella embarazadísima y él muriendo a su lado, resucitado y vuelto a la vida. Leí chorreando moco y lágrimas su experiencia desgarradora y a la vez inspiradora, su grito de VIVAMOS LA VIDA y agradezcamos el estar juntos hoy, que mañana no sabemos. Me removió sentimientos profundos, recuerdos aún no compartidos, dolores viejos acumulados en el alma y que descubrí que debo sacudir.

Frases trilladas y cursis se vuelven tan reales cuando te tocan una fibra, ¿no?. En casa hace mucho que decidimos por las experiencias antes que por las cosas, y la verdad es que disfrutamos de viajar, de la música, de pasear, de comer y pasar tiempo juntos. No siempre se puede, y cuando se puede, no siempre es como lo soñamos, pero sí que intentamos llenarnos de esos momentos en los que juntos, creamos memorias y nos llenamos de recuerdos maravillosos. Aprovechamos los eventos gratuitos de la ciudad, un paseo en tren o colectivo, una salida a la plaza o a caminar por el río. No todo es gasto y siempre se puede ganar algo.

¿Cómo vives hoy? ¿Guardas los platos de gala o celebras cada día como el momento especial que es? No importa si tienes una lista interminable de problemas y angustias, créeme, aquí nos sobran muchos, pero no podemos dejar que eso nos paralice. Tenemos días buenos y otros que podrían ser mejores, pero al final, lo que buscamos es quedarnos con lo positivo, con lo que nos hace bien y nos impulsa a seguir andando a pesar de todo.

En fin, me voy, que hay que buscar al peque del jardín y seguir con las tareas de la casa antes de inventar una canción para la merienda, cuando nos sentemos a la mesa con los platos de gala y las ganas puestas a darle un mordisco a alguna cosa rica 😉

Van casi dos

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Quedan solamente unos días para que cumplas dos años. En dos semanas empiezas el jardín y esto de comprarte un uniforme y verte con mochila me pega duro y de golpe siento el peso del paso del tiempo.

Cuando empezamos esta aventura extraordinariamente caótica de extender la familia, nunca imaginamos la magnitud de la tarea.

Alguna vez le comenté a una amiga entrañable que no sabía si lo estaba haciendo bien, que tenía muchas dudas, que me angustiaba estar metiendo la pata con algo. Me sonrió y con cara de abuelita amorosa me dijo que si me sentía así, era que lo estaba haciendo bien. Me dijo que solamente puede hacerlo terriblemente mal el indiferente, el que no siente interés ni preocupación, pues nada le importa y por eso mismo sus decisiones pueden no ser las mejores. A pesar de la lógica de sus palabras, no he logrado sacudirme las dudas y mucho menos la preocupación.

Te veo crecer y espero poder seguir contigo todo el tiempo que me de el cuerpo. Me sorprenden tus ocurrencias, tus avances, tus reacciones. Hablas como un loro sin descanso, corres sin parar, quieres salir a pasear cada par de horas, pides comer helado en el desayuno, te pones las sandalias al revés y te gusta bañarte en ducha.

Se habla y escribe mucho sobre esto de ser padres, pero pocos cuentan las verdades. Hasta hace muy poco, todo lo que leía eran historias azucaradas de lo maravilloso que es ser padre o madre. Y lo cierto es, que, muchas veces la maravilla es poca, el trabajo es mucho, el agotamiento infinito y la duda inmensa.

Hay quienes empezaron ya a contar las cosas como son: los dolores, las frustraciones, las verdades a calzón quitado. Y eso está buenísimo, porque entonces los primerizos no llegamos con esa idea de mentira fantástica, con cosas que no te cuentan “por pudor” hasta el día que te toca parir y culpas que asignas al comparar lo que sientes y piensas con lo que “todos” dicen. Felizmente hay gente que cuenta sin miedos y agradezco desde el alma a esos cuantos, a los valientes que hablan de sus frustraciones, sus vergüenzas, sus errores, sus aprendizajes constantes. Bravo y gracias.

Dos años casi, desde ese día terriblemente angustiante, doloro y lleno de temor. Desde que me ataron y te pude ver de lejos y no me dejaron ni darte un beso, desde que me lanzaron sin un consejo y solamente la ayuda de otro primerizo despistado como yo (tu papito) al mundo de la maternidad. De esos días en el hospital en el que estuviste todo el tiempo con nosotros y tuvimos que descubrirlo todo, los pañales, cómo alimentarte, cómo cuidarte, yo, con una herida abierta y unas ganas de salir corriendo impresionantes y papá con sus nervios y sus ojeras inmensas.

Me decían que todo pasa, que todo mejora. Lejano veía el día, pero tengo que reconocer que es cierto. Que todo pasa, todo mejora, de todo se aprende. Las dudas y miedos no se van, crecen y se multiplican como gremlins bajo la lluvia, pero se encaran diferente, con más aplomo y más calma. Se disfruta más a pesar de los problemas, se vive más bonito, se quiere con más ganas y se eligen mejor las batallas.

Casi dos años de esta locura, del mundo patas arriba, de no poder cerrar la puerta para ir al baño y desvelarme por escucharte respirar, de reanimarte cuando dejabas de hacerlo… un par de años llenos de lágrimas y de risas, de ver tus ojos inmensos, besar tus cachetes y admirar tus manitas.

Creo que nunca me terminaré de acostumbrar a esto, pero seguramente intentaré adaptarme, navegando entre críticas y recomendaciones absurdas, buscando un equilibrio entre lo que se debe, lo que se quiere y lo que se puede, haciendo lo mejor posible.

Uy, te despertaste de la siesta. A empezar con el baile otra vez. Voy corriendo a comerte a besos los cachetes.

Reír para Sanar

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Sonreír no cuesta nada

Alguna vez, en otro blog, escribí acerca de esto. Hoy, más de un buen amigo pasa por situaciones complejas y creo que quizá le pueda servir de algo.

Cuando estaba chica me llamaba mucho la atención una sección de la revista Selecciones: Era la sección “La Risa Remedio Infalible”. ¡Me parecía tan extraño que pusieran que la risa era un remedio!, en mi mente de niña pequeña la risa era buena y los remedios sabían feo, así que para mi – en ese entonces – no tenían nada que ver.

A medida que fui creciendo y atravesé situaciones como el temor por las bombas (durante los conflictos de violencia interna en el Perú), la angustia de la escasez, la enfermedad y muerte de gente muy querida, incontables despedidas y muchas otras circunstancias, me di cuenta de que la risa y mantener el buen humor realmente hacían una diferencia.

Eso lo aprendí de mis padres. Los dos eran personas muy estrictas y extremadamente responsables, pero a pesar de ello tenían un sentido del humor muy particular. Papá era bromista y algo payaso. Mamá con sus detalles y sus juegos podía romper la tensión de cualquier lugar, sonreír y hacer que el empleado más fastidioso de un banco o un supermercado le sonría de vuelta y le ayude a resolver cualquier problema.

Reír es uno de los actos más naturales del ser humano, tanto que a las 36 horas de nacer ¡ya somos capaces de hacerlo! Un niño pequeño se ríe un promedio de 300 veces diarias, un adulto lo hace entre 15 y 100 veces.

La RISOTERAPIA se ha convertido en una efectiva terapia para fortalecer el sistema inmunológico de enfermos de sida y cáncer y poco a poco se ha ido implementando con diversos programas – propios o de voluntarios – en centros de salud de todo el mundo. Se trata de aprender a reír con todo el cuerpo, liberando tensiones musculares y ayudando a sanar. Y eso no es todo, es una aliada poderosa contra la depresión, la angustia, el insomnio, la falta de autoestima y hasta los problemas para relacionarse con los demás.

Recuerdo que mientras papá luchaba contra su cáncer de años, si él se mantenía de buen humor y animado, los resultados de sus pruebas y su estado general mejoraba considerablemente. Así que empezó a tomar la vida con más calma, a disfrutar de los logros de sus hijos, a detenerse a reír, a sentarse más en la terraza viendo el jardín y sentirse mejor con la vida. Esa fue una lección que aprendí sin que me la dijera con palabras. Y mamá, a pesar de su miedo y angustia por esa terrible enfermedad, nos entregó sonrisas mientras le fue posible, lo que fue una bendición y un ejemplo de fortaleza y amor para quienes estuvimos cerca.

Cuando reímos el diafragma entra en movimiento, entonces los pulmones movilizan hasta 12 litros de aire en vez de los 6 usuales, este movimiento acelera el corazón y lo va fortaleciendo, facilita la digestión al hacer que el hígado vibre, evita el estreñimiento, se estimula el bazo y ayuda al cuerpo a eliminar la bilis. También es una buena noticia para los hipertensos, pues se relajan los músculos lisos de las arterias, reduciendo la presión arterial e incluso el colesterol. Y si lo que quieres es tener un rostro tonificado, no lo dudes y sonríe, es la mejor manera de trabajar los músculos de la cara… ¡Una buena carcajada los activa a casi todos! Reír, además, nos proporciona una fatiga bastante sana que nos ayuda a moderar el sueño y luchar contra el insomnio (¡justo lo que necesito para mi beauty sleep!)

¿Y todo esto tiene base científica? Obviamente sí. Al reír nuestro cerebro segrega endorfinas, incluso una leve sonrisa activa nuestro cerebro y permite que estas aliadas de nuestra salud y buen humor recorran nuestro cuerpo. Muchas veces incluso resultan más fuertes que la morfina y la heroína ¡y sin los efectos secundarios de estas drogas!; una muestra de ello son las encefalinas (un tipo de endorfinas) con su asombrosa capacidad de aliviar el dolor. Adicionalmente, las endorfinas son benefactoras de los linfocitos y otras células cuando se trata de combatir bacterias y virus comunes.

Y si eres del tipo creativo, considera esto: Reír segrega más adrenalina, lo que potencia la creatividad y la imaginación.

Si lo tuyo es la meditación, ¿qué tal esto?… Algunos hindúes practican la meditación con risa, pues consideran que el hecho mismo de reír es un medio para conocerse interiormente y avivar la conciencia del mundo exterior. Una creencia hindú incluso propone que una hora de risa tiene efectos más positivos para el cuerpo que cuatro horas de yoga. Un viejo consejo chino dice que para estar sano hay que reír treinta veces al día, ¿eres consciente de la cantidad de veces que ríes diariamente?

Algunos psiquiatras que estudiaron los efectos de la risa por décadas, afirman que tres minutos de risa intensa equivalen en salud a casi diez minutos de remar con mucha energía; y que, un minuto de risa diario equivale a cuarenta y cinco minutos de relajación. Y otro tip: Ayuda a reducir el cortisol (hormona que se libera como respuesta al estrés) y con ello disminuye el estrés.

Algo que he comprobado con el tiempo, durante mis viajes y con la gran cantidad de gente que conocí de diversos pueblos, es que si hay algo que traspasa la barrera del idioma, la etnia, la economía o el estrato social es una sonrisa. Es la mejor carta de presentación, dice más que el pasaporte y abre más puertas sinceras que una gorda billetera.

Así que ya ves, un ataque de risa o una sonrisa en el momento justo pueden mejorar no sólo nuestro día, sino también nuestra salud.

¿Te animas a empezar y terminar el día con una sonrisa, a lanzar una buena carcajada cada vez que sea posible? Es fácil, es gratis y aunque no lo hayas hecho en mucho tiempo, nunca es tarde para volverlo a intentar.

¿Cuál es el camino?

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Cuando decidí dejar “la seguridad” de un trabajo de oficina por buscar alternativas en otra ciudad me llovieron críticas, comentarios llenos de veneno y sarcasmo, y fueron pocos los que realmente se sentaron a preguntar y escuchar lo que tenía que decir, los que se preocuparon genuinamente y me dieron ánimos. Desde entonces, cada cambio importante, cada decisión que tomé (mudarme de país, estudiar algo nuevo, hacer algo distinto) estuvo acompañado de esa mezcla agridulce de comentarios durísimos y de los que rebalsan cariño y buena onda.

El cambio, inevitablemente, trae incertidumbre. Y la incertidumbre no es más que la leña que aviva los miedos, inseguridades y angustias, muchas veces innecesarias. ¿He tenido miedo? ¡Obvio!, ¿me he arrepentido? Nunca. De cada lugar, persona y experiencia he aprendido, ganado y crecido, aunque haya dolido.

Hace mucho que sigo al talentoso fotógrafo y viajero peruano Arturo Bullard. La historia de Arturo es fantástica, y pronto podré compartir más de ella por aquí y en otros espacios, pues es tremendamente inspiradora. Dejó una vida segura y llena de comodidades para lanzarse a la aventura increíble de fotografiar el mundo y su gente, sus maravillas y sus desventuras. Hoy es un referente del mundo de viajes y es un gran activista por el cuidado del medio ambiente. Gracias a una de sus publicaciones conocí a Andrea Martens. Andrea es una simpática joven peruana que hace un par de años dejó la vida corporativa para hacer un viaje al África, y además de encontrar su lugar soñado, encontró lo que más ama en la vida: Viajar, conocer y aprender. Salió a una aventura de dos meses que se ha prolongado por más de dos años y se confiesa inmensamente feliz.

Hace unos diez días Andrea cumplió 30 años y en la víspera de su cumpleaños publicó algo que me dejó pensando y que hoy comparto aquí con su permiso. Junto a una foto en la que aparece sonriente y luminosa, escribió este mensaje: “¡Preparándome para recibir los 30!  Un amigo me acaba de preguntar, burlándose obviamente porque él tiene 22, ¿qué sabiduría le puedo compartir ahora que llego a la tercera edad? Aquí va: Haz una lista de las TOP 5 cosas que DISFRUTAS hacer más en la vida y ¡asegúrate que estés haciendo con frecuencia por lo menos 3 de 5! ¿Qué tal? ¿Alguna vez habías hecho esa lista? Le hago esa pregunta a muchos viajeros con los que me cruzo y es sorprendente cuántos nunca se lo han preguntado, y es lindo empezar a hacer esa lista juntos ¿Te animas?”

Ufff, parece simple. ¿Te animas a hacer el ejercicio? ¡Es dificilísimo! Y no porque sea algo imposible, sino porque en gran medida, la mayoría de nosotros se ve confrontado con una realidad distinta a la de sus sueños. No es fácil verse al espejo y verse triste y cansado, renegando porque la plata no alcanza o porque el trabajo no te gusta. No es fácil aceptar que nos resignamos porque “es lo que hay”, porque no tenemos el coraje, la fuerza o las ganas de decir NO QUIERO SEGUIR POR ESTE CAMINO, y así, como si nada, cambiar.

Admiro a gente como Arturo y como Andrea, que tuvieron el coraje de cambiar y a pesar del miedo o la incertidumbre lanzarse de cabeza a lo que les apasiona. Y admiro a Mily, mamá de mellizos que arrancó de cero un negocio de repostería en su natal Arequipa para sacarlos adelante. Admiro a todos los amigos que dejaron su tierra buscando algo mejor. Admiro a los que apuestan por el arte, la cultura y el medio ambiente, por sus ganas de mejorar el mundo y su rebelión incesante a la mediocridad y el conformismo. Admiro a los que dan su tiempo y su conocimiento con generosidad para ayudar a alguien que no conocen. Admiro a los pequeños empresarios y emprendedores, a esos que ponen toda su energía y entusiasmo a pesar del cansancio y la poca plata. Admiro a todos los que se atreven a romper el molde y a pesar de las críticas se eligen a ellos mismos, a sus proyectos, a sus amores, a su felicidad.

Hace poco me dijeron que “si no hubiera perdido tanto tiempo, a estas alturas ya sería gerente”… ¿Qué tiene de malo la vida que elijo PARA MI?, ¿por qué es tan difícil para el otro aceptar las decisiones de los demás? ¿por qué la crítica, la burla, el maltrato cuando se elige un camino diferente al que EL OTRO piensa que debemos seguir?

Las preguntas de Andrea calan hondo. Tocan esa fibra sensible que a veces queda empolvada al fondo del alma… esa, sí, esa que nos hace enojar con los locos que eligen la felicidad por sobre el estrés, eligen su salud, su familia, sus amores. Es complicado decidir por una vida “soñada” cuando tu sueño parece inalcanzable. Hay obligaciones que cumplir, necesidades que cubrir, sacrificios que nos sentimos obligados a hacer. ¿Por qué tu vida soñada no puede ser la que ya tienes? El camino que eliges no tiene por qué ser como el de una película de guerreros y dragones. Puede ser tan simple como el de desconectar de todo y hacer algo que amas.

Sigue el consejo de Andrea y lista esas 5 cosas que más disfrutas hacer, lo que te pone una sonrisa con solamente imaginarlas, esas que harías con gusto a pesar del cansancio o la tristeza. Listo. Con eso arrancaste y el cambio será inmensamente positivo. ¿Te gusta la naturaleza? Sal a caminar, pasea, viaja, no necesitas cruzar el globo para encontrar maravillas, a veces te puedes sorprender a la vuelta de la esquina. ¿Te gusta la cocina, los autos, cantar, hacer deporte? HAZLO. La vida es demasiado corta, demasiado frágil, demasiado linda como para dejarla pasar… ¡Pásale por encima! Aprende eso que siempre quisiste, ¿no puedes pagar un curso? hoy se puede aprender casi de todo con la ayuda del mundo virtual. ¿No te gusta tu trabaj0? Busca otro, y si no puedes, enfoca tu energía en lo positivo, deja de quejarte que eso agota y entristece. Anda, decídete por esa vida que soñaste, un paso a la vez, una pasión a la vez. VIVE. DISFRUTA. SONRÍE.

¿Cuál es el camino? El que eliges para ti. ¿Y si te equivocas? pues regresas sobre tus pasos o cambias de rumbo. Pocas cosas en la vida no tienen solución, pocas cosas son inevitables, y aun así, aunque sean terribles, todavía se puede cambiar algo, y eso es la actitud con la que encaras la vida.

Me voy, que tengo que poner la lista de Andrea en la puerta del clóset para recordarla siempre y hacerla crecer poco a poco… Y tú ¿dónde vas a pegar la tuya?

Llegó el día

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O mejor dicho, llegó la noche. Llegó esa tan esperada primera noche en la que el nene no necesita de mi para alimentarse ni dormir y pude salir unas horas a disfrutar de un asado con las chicas del curso de costura.

Durante una de las últimas clases surgió la idea de juntarnos y pasar un momento entretenido. Como tantas otras veces en las que se planea algo, la juntada se fue postergando por semanas, hasta el punto en el que varias pensamos que ya no se concretaría.

Pero pasó y fue maravilloso. Monica nos recibió en su casa con el fuego prendido, la sonrisa puesta y un montón de empanadas que esperaban para salir del horno y un desfile de ensaladas buenísimo.

Sentadas bajo la parra tuvimos la suerte de que luego de agobiantes días de calor nos tocara una noche linda y fresca. Un placer.

Llegamos todas con algo para la parrilla y para tomar, y quedó clarísimo que para calcular somos un desastre… ¡quedó comida como para medio batallón!

Coincidió con el cumpleaños de Gladys, que llevó una deliciosa tarta de fresas y entre brindis y fotos tratamos de que pasara una buena noche aunque estuviera lejos de su familia y preocupada por la salud de su mamá. Margarita contó sus siempre divertidas historias y nos reímos y comimos hasta que la mandíbula y la panza pidieron auxilio.

Paola y Chechu sacaban fotos mientras alternábamos para tumbarnos en la hamaca o entre broma y broma nos contábamos pedacitos de vida. Lili nos llenaba de anécdotas de su nieta y una hilarante historia de un bote y la lluvia, con Angie conversamos sobre cómo estaban nuestros países y nos lamentamos del estado en el que nuestra América latina anda por estos días.

Lena no pudo ir por un tema familiar pero escribía y de alguna manera estuvo presente en la noche.

Elio, nuestro otro anfitrión, nos contó de historia y de uvas, y nos invitó un poderoso champagne casero que estaba buenísimo.

Sentados a la mesa o en el jardín pudimos relajarnos, reír, comer (¡la pucha, cuánto comimos) y brindar por la amistad que esperamos seguir cultivando.

La verdad es que para ser la primera noche saliendo sola y por fin autorizada para tomarme una copa, o dos… bueno, siete… fue perfecta.

Dos paraguayas, cuatro argentinas, una peruana y una rusa por chat. Increíble cuando la vida te junta con personas maravillosas, que desbordan experiencias de vida pero en especial, amor, mucho amor. Corazones inmensos que trascienden orígenes y edades, costumbres y prejuicios. Es un grupo maravilloso que espero poder seguir frecuentando para seguir aprendiendo de cada una.

Llegó la hora de despedirse y volver a casa a los chicos que dormían despatarrados en la cama grande. ¡Qué linda noche! Es impagable eso de poder conocer gente espectacular y luego volver a casa al abrazo (y los ronquidos) de tus amores, al grito de ¡mamá! y la sonrisa enorme de mi pequeñito al verme junto a él por la mañana.

Llegó la noche, aquella en la que pude soltar y salir. La noche que me regalé, la que me recargó y me llenó de ganas de seguir planeando proyectos y ponerlos en acción (aunque a los ojos de muchos todo siga igual)

En fin, salud por más noches como aquella, repletas de buena onda y cariño (y comidaaaa, no me repongo todavía jaja), que sean muchas más.

Gracias chicas (y Elio), que las buenas costuras nos mantengan unidas y el hilo no se rompa más.

El año del color

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Maravillosas zapas pintadas por mi bella primuchi Paula P.

Hace ya algunos años, una de mis talentosas primas (que además hoy está de cumpleaños) me regaló las zapatillas de la foto. En aquella época me fui a vivir a otra ciudad y aunque me acompañaban en la maleta, por algún motivo nunca encontré la oportunidad de usarlas como hubiera querido. Cuando me mudé de país, llegaron aquí como una promesa de cambio y lo cierto es que tenía una idea estúpida de querer ponérmelos en el momento “perfecto”, como si uno supiera cuándo llegarán esos instantes fugaces y tuviera el tino de reconocerlos sin dudar.

No pues, no. Así no es la vida. Y eso lo he ido aprendiendo con el tiempo, con la distancia y con la soledad. Atesoro mucho el tiempo compartido con la gente que llena mi corazón, los pequeños grandes detalles (como el regalo de unas zapatillas coloradas pintadas por manos talentosas y queridas), la comida en los platos de fiesta sin esperar un motivo, a comer un helado sin pensar en la dieta y a ver a mi pequeño dormir. Este año estoy planeando hacer un cambio de ruta. Aunque ya hay mucho que estaba haciendo para realmente VIVIR y no sobrevivir, lo cierto es que la rutina, la tristeza y la falta de motivación me han tenido un par de años avanzando un paso y retrocediendo dos. Siento que esta vez realmente es distinto.

Desde hace ya un buen tiempo, en casa hacemos una lista con nuestras metas y la pegamos en un lugar en el que podamos tenerla a la vista. Han habido años en los que la lista tuvo un alto grado de cumplimiento y otros, bueno… digamos que no tanto. Este año nos planteamos metas más claras y concretas, y creo que por primera vez en varios años estamos animados y decididos a lograrlas.

Además de ponerle ganas a tantos proyectos esperando salir del cajón, este año me he planteado volver a ser alguien que hace mucho he extrañado. He decidido dejar de lado los colores grises y tristes, lo seguro, lo plano, y darle cabida al color, a cosas nuevas y experiencias que quizá antes no me hubiera permitido. Este año me siento optimista y, aunque no sé cómo lograré cada cosa que quiero, ya no siento la angustia – muchas veces paralizante – de otras épocas.

Francamente no sé a qué se debe, pero no voy a cuestionar este momento y voy a aprovechar el impulso que pueda darme. Siento que si empiezo a caminar será más fácil mantener el paso.

En un par de meses el pequeño empezará el jardín por primera vez, y aunque serán poco menos de tres horas diarias, seguramente ese tiempo valdrá oro y podré organizarme para ver los temas de casa, las compras, los trámites y por supuesto, los proyectos y emprendimientos que voy a poner en marcha este año. Porque eso lo tengo clarísimo, lo VOY a hacer, ya pasó la etapa del no tengo tiempo o no sé cómo haré… pues voy a tener que hacerlo y espero me lo recuerden cuando empiece a bajar los brazos y a andar más lento.

Voy a empezar por cambiar el guardarropa. Bienvenido el color en los zapatos, accesorios y prendas. Aprenderé a bordar para reciclar, seguiré practicando la costura para convertir ropa sin uso en bolsos o muñecos, quizá en ropa para el pequeño, repasadores para la cocina, etc. Estoy decidida a encontrarle a todo lo que pueda un nuevo uso o una renovada vida. Todo lo que ya no usamos y esté en buenas condiciones se irá a algún lugar donde puedan ser de provecho en vez de acumular polvo en el fondo de alguna alacena, una caja o un clóset.

Este año se renueva todo, la energía, las ilusiones, las aventuras, las ganas. Este año se puede todo. Vamos 2018, que arrancamos con fuerza.

Ya pronto se despierta el pequeño de la siesta, así que me pondré las zapatillas coloradas y saldremos a pasear un poco… ¿de qué color son tus zapatos este año?